Sin duda, de cachondeo
Como ya sabrán, el programa Crónicas Marcianas ha sido condenado, con once años de retraso, por reírse de un discapacitado. Según el Tribunal Constitucional, Javier Cárdenas actuó "con la clara y censurable intención de burlarse de sus condiciones físicas y psíquicas, atentando de esa manera no solo contra sus derechos al honor y a la propia imagen, sino incluso contra su dignidad". Yo de leyes entiendo muy poco pero tengo ojos y memoria, así que lejos de sorprenderme por la sentencia la considero benigna. Pues no solo se río de un discapacitado; se enriqueció e hizo carrera ridiculizando a muchos. Su ascenso profesional se cimentó sobre un descenso moral, y esto es lo que trae edificar sobre mierda: que al final se derrite y el palacio se cae.
El periodista indignado ha ofrecido explicaciones al pueblo: "Todo el mundo sabe que mis entrevistas en Crónicas eran de cachondeo. ¡No había dudas!" Es la primera vez en la historia jurídica en la que un acusado defiende su inocencia recordando que por supuesto ha delinquido. Aquel sarao al parecer libertario y progresista de Javier Sardá era en realidad el laboratorio del más primitivo clasismo, anterior incluso al económico: ese que separa al que genéticamente puede del que por azar natural puede menos; ese que apuntala la desigualdad entre seres humanos al conceder a una mente fuerte el derecho unidireccional de mofarse de una débil. Y es que jamás se vio a ninguna de aquellas víctimas devolviendo la moneda a sus verdugos. Resulta muy extraño y egoísta un despiporre en el que tú eres el dueño del micrófono, el guión, la cámara y las risas enlatadas, y yo ni siquiera soy dueño de mis palabras porque hasta tienes la posibilidad de cambiarlas, no vaya a aburrirse el auditorio. Cachondeo real y del bueno es el de esos alegres voluntarios que no se ríen del discapacitado, sino con él. Y si Javier Cárdenas desprecia la justicia, que respete al menos las preposiciones. Aquí y en Marte.