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Derecho al desbarre

La presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, dice que la situación aquí está peor que nunca, que no entiende que alguien pueda ver algo positivo en el comunicado de los presos de ETA y que estos están subiditos y soberbios porque van logrando sus objetivos y todo les está saliendo bien. Literal. Está claro que a su visita al norte le han sobrado banderas y faltado gafas. Haber perdido a una hija en la matanza islamista del 11-M la capacita para hablar sobre un dolor infinito, pero no le otorga especial autoridad para glosar la cosa nuestra. Con igual derecho podría opinar la madre de Irene Villa sobre el caos de Faluya.

En España a menudo se confunde el debido respeto a las víctimas con la ovejuna sumisión a sus ideas. Se mezcla la humanísima empatía que enciende su drama con la castrante obediencia a sus propuestas. Y por miedo se oculta ese juicio que merecen a veces sus augurios. Sin duda existe una enfermedad moral cuando alguien escupe a las víctimas. Pero también existe un problema intelectual cuando su representante incide en el despropósito y la respuesta es el aplauso, la palmada en la espalda o el silencio cómodo o aprobatorio. Cualquier Adorno local pensará que tras Ermua ya no es posible escribir poesía. Pero al menos la ciencia, el sentido común y la verdad deberían seguir vigentes.

Se comprende que quien ha perdido a un familiar en un atentado pierda de paso el humor, el sosiego, la esperanza, la objetividad y hasta la cordura. El error es colocar al frente de un colectivo plural a una persona que por lo visto reúne multiplicados todos los síntomas. Pues lo peor que les puede ocurrir a las víctimas no es que las tomen por partidistas o aguafiestas: es que las tomen por locas. Y ya me contarán con frialdad cómo hay que considerar a quien afirme que ahora estamos peor que, por ejemplo, en los ochenta. Si las víctimas siempre tienen razón, la razón siempre será otra víctima. No sé si me explico.