Apocalipsis Vox
En el primer vídeo promocional del último clan patriota, Vox, aparece un patio de escuela y nos habla una triste niña con leggins grises, bambas blancas y una carpeta que añora la foto de Juan Magán: "En el instituto el milagro no es aprobarlo todo; es terminar los estudios y no ser independentista. España es el enemigo". Tras el lamento surge Santiago Abascal, que parece más el Cid del No-do que un tutor de Al salir de clase, para poner orden desde la tarima: "Nadie nos va a arrebatar el derecho a ser y sentirnos españoles". O sea, que siga el botellón pero con bandera, y si suena el móvil en el aúla que al menos se oiga rotundo el chunda-chunda.
Cuando un cargo público suelta mensajes lunáticos, el ángel tras mi oreja derecha trata de convencerme de que estamos ante un problema médico, y de que urge odiar tanto la enfermedad como apiadarse del enfermo. Pues solo un sujeto, o un conjunto de ellos, falto de sesera puede pensar en serio lo que le han hecho decir a esa infeliz estudiante. Mi demonio tras la oreja izquierda, en cambio, afila el colmillo y obliga a admitir que no nos encontramos en un hospital sino en una trinchera, donde todo vale contra el adversario y el más canalla triunfa. Vamos, que no es que haya que ser muy tonto para insultar así al gremio educativo: basta con ser muy mentiroso. No hay ausencia de neuronas; hay sobredosis de odio.
Es muy respetable defender la unidad del imperio, la supresión de las autonomías y, si apetece, la capitalidad de Toledo. Para eso están las urnas. Lo que ya va cansando mucho es esa manía de no dejar nada fuera de la pugna electoral salvo la verdad. Últimamente se lleva bastante cocinar profesores a fuego lento, y hasta ponen a críos a mover el cucharón. ¿Leotardos, leggins, treggins, mallas o jeggins? Usted venda lo que quiera, paisano, pero no cuente que las medias provocan fimosis y la mercería de enfrente es una tapadera. Por favor. Y hasta por España.