Familias rotas
Tras exponer sin mucho éxito sus muy legítimas razones políticas, históricas, económicas y hasta deportivas -¿en qué Liga jugará el Barça?-, los unionistas catalanes han empezado a comerciar con las sentimentales. Esto ya resulta feo. El poeta israelí, con perdón, Yehuda Amijai dice en unos profundísimos versos: “Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre”. De hacer caso a algunos derrotistas, lo que ocurre en Cataluña está destrozando hogares, traicionando árboles genealógicos y despegando de bastantes rostros la sombra de los ancestros. Yo no creo que así sea, pero si lo fuera no sería culpa de quien pretende ser independiente ni de quien prefiere seguir siendo español. La culpa, de haberla, sería de quien se toma tan en serio las fronteras, los pasaportes y las identidades que incluso las coloca por encima de los lazos familiares.
En ningún sitio está escrito que airear diferentes banderas, sentir colores antagónicos y cantar himnos distintos deba ser motivo de enemistad. Ninguna constitución ordena que ser ciudadano de un Estado obligue a odiar al del Estado vecino. De modo que si un hermano desea ser medio chipriota y otro sueña con despertarse chiquistaní, esa disputa no los tiene por qué forzar a malquererse. Cuando un forofo de mi equipo se lía a tortas con uno del tuyo, la causa no es un balón ni una camiseta: la causa es ese forofismo cainita, ese extremismo imbécil. Quien busca bronca por un penalti la suele buscar también por una chati, un empujón en el bar, un ceda al paso, una cola en el súper y al final por una patria. La familia rota por un referéndum no merece el nombre de familia, sino de secta.