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Cosa nuestra

Los últimos días, y meses, y años, estamos viendo desfilar por el juzgado a políticos, constructores, sindicalistas, banqueros, policías, tonadilleras, marineros, futbolistas, toreros, en fin, que ahorramos tinta si citamos a los gremios impolutos. Ante tan hermoso espectáculo, a los medios les pone arremeter contra el poder y si acaso contra el país, o sea contra el Gobierno y España, así, con mayúsculas. En verdad se trata de una crítica a dos entes como abstractos, una vara de mando y un mero topónimo. Resulta más arriesgado e incómodo preguntarse por el vecindario del que surge esa ejemplar tropa y, en general, por los que habitan y definen con su actitud esa tierra de la que estamos hablando. Pues esos delincuentes transversales no han llegado de Marte, y sus desmanes, corruptelas y nepotismos no son producto de importación. Sí, claro, sería una injusticia absurda sentenciar que todos los españoles son unos chorizos, pero tiene mucho de escapismo negar un ambiente porcino muy extendido y creado casi a escote. Joseph Roth decía que su época era su patria, y quizás este tiempo chanchullero es la real bandera de bastantes ciudadanos, el fango en el que mejor chapotean, la turbia atmósfera en que la más cómodamente respiran. Cuando rugía el terror se subrayaba la enfermedad de la sociedad vasca, y la epidemia en cierta medida existía. Por lo que oigo y leo ya puede haber tongo en la quiniela y fraude en las esquelas, que el pueblo español no padece ni un catarro y se limita a aguantar a ladrones extraños. Vamos, que la odiada Casta no se asemeja en nada a la querida Gente, y sácame una de gambas, primo, que ahora no te mira el jefe. Seguro.