El calor de la ira
En agosto de 2004 en Jumilla, Murcia, una gitana profanó la tumba de un bebé, robó las joyas, un reloj y un escapulario sepultados junto a él y luego quemó el ataúd y el cadáver. La chica era toxicómana y hermana del muerto. Una vez detenida, la madre de ambos, clavada de hinojos al suelo de los juzgados, gritó a su propia hija y a su novio, un payo, lo que sigue: “Ojalá te quemen viva en el pino con más savia” y “ojalá te quemen vivo dentro de un bidón de embutidos”. Eso es hablar con las entrañas y extraer de ellas poesía negra. En ese maleficio aún humea la leña inquisitoria, con ese chorizo importado desde la Edad Media.
Por eso, puestos a bravuconear en un país donde el insulto es arte, no ha destacado por su ingenio el bocachancla del PP que anteayer llamó hijo de la gran puta y cacho cabrón a Pablo Iglesias. Ese nivel lo alcanza cualquier cruasán en un ceda al paso o los baños de un after. Tampoco hace falta imaginación para pedir al líder de Podemos que le dé por culo a ese dictador que tanto ama, en palabras del solicitante, ni para desearle el fin de Miguel Ángel Blanco -“haber si te dan un tiro en la nuca”-. Requerimientos similares abundan en los campos de fútbol y en los comentarios digitales.
Lo meritorio es que todo un concejal de Cultura empiece sus imperativos con un “vete a Colombia”, lugar en el que, según su intelecto y conocimiento, gobierna Chávez o Maduro o quizás la Pasionaria. Miles de licenciados en Geografía e Historia están helándose en oscuras habitaciones extranjeras, con las manos agrietadas y el corazón seco. Y hoy su mejor calefacción es una rabia creciente, doliente y, ya que estamos, levantisca y jumillense.