¡Un escándalo!
el programa de Nochebuena de TVE, leo y transcribo, ha dividido a la audiencia, ha molestado a parte del público, ha causado una gran polémica y ha incendiado las redes sociales. El motivo no es que actuara Arévalo -¿actuó Arévalo? -. La causa de la balacera es que Joan Manuel Serrat osó cantar unas letrillas nada más y nada menos que en catalán. Ya son ganas de provocar. Esa lengua pirómana es hablada en España por uno de cada cinco contribuyentes; es considerada propia en cuatro comunidades y oficial en tres; y la Constitución la define como “patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Así que se entiende el cabreo del patriota medio. Lo lógico habría sido obrar como siempre, con una cadena pública en la que es más fácil oír búlgaro -¡viva Eurovisión!- que gallego.
No nos engañemos. La llamada riqueza lingüística es para infinitos paisanos un tesoro vacío, un mosquito persistente o un subvencionado tumor. Incluso los blandos erizan su tolerancia de espinas adversativas: que chapurreen polaco si quieren pero ¿por qué en Navidad y por qué en un corte subtitulado del telediario?; sí, que exista el vascuence, pero qué es esa manía de usarlo en la playa de Benidorm. Lo hacen por joder. Cunqueiro decía que los lobos de su tierra eran bilingües, y aplaudimos la ocurrencia. Sin embargo el bilingüismo incordia bastante cuando pasa de símbolo a hecho. En el mundo hay cinco mil idiomas, y sólo un par de ellos divide a la audiencia, molesta a parte del público, causa una gran polémica e incendia las redes sociales en España. Nada ocurriría si Sabina, un suponer, cantara en maltés en Nochevieja. ¿No es para hacérselo mirar?