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Mangas verdes

Muchos paisanos, y en especial muchos militantes, han recibido con una mezcla de asombro e indignación esa encuesta que le augura excelentes resultados a Podemospor estos pagos. Este partido molaba mazo cuando arremetía contra el PP, molaba menos cuando criticaba al PSOE, molaba poco cuando adelantaba a IU y parece no molar nada cuando sale de paseo y canta las cuarenta por provincias. Entre quienes se alegraban de que en Madrid alguien dijera ¡basta! hay bastantes a los que escuece que aquí alguien también lo diga. Y así resulta que las más feroces críticas que Pablo Iglesias recibe hoy en la periferia ya no vienen de la llamada casta, sino de ciertos virreyes que soñaban que el cabreo general no iba con ellos.

Yo no creo -¿quién lo sabe?- que Podemos sea capaz de cambiar profundamente las cosas, pero sí ha sido capaz de entender un hartazgo transversal. Esos que lo acusan de carecer de programa y ser un mero instrumento de castigo olvidan que en este país, y da igual a qué país nos refiramos, la gente vota más contra el prójimo que a favor de uno mismo. Sobre todo porque a menudo cuesta más definir las propias virtudes que subrayar los defectos ajenos. Dadas las circunstancias, estaba claro que no tardaría en llegar una hartísima muchedumbre decidida a votar contra todos, contra los malos, los menos malos y hasta contra los buenos, que algunos quedan.

Se equivocan los que piensan que la población se divide eternamente entre la derecha e izquierda clásicas. También yerran quienes consideran que la identidad nacional ha de guiar siempre el sentido del voto, como si no hubiera más brújula que una bandera. A algunos se les ha acabado el chollo.