Salivando
Los hay en el bar, en la oficina y en la sala de máquinas de un submarino, pero donde mejor florecen es en el vasto y basto sexto continente, esto es la red o interné. El horror de los Alpes ha mezclado otra vez a fanáticos, conspiranoicos y aprovechateguis, manada de zahoríes con anteojeras en busca de cualquier indicio que apuntale o alegre sus prejuicios. Los cadáveres son solo materia gris para colorear su miseria ideológica, oxígeno para reflotar su cerebro. La caja negra y el trabajo de los peritos, o sea la triste realidad no es para ellos sino espuma, casquería, cháchara de laboratorio, nada que pueda cambiar su marciana y sectaria visión del mundo.
Unos alimentan la duda, la sombra, el yo ahí dejo el dato, y así comentan sin saberlo que en el avión no viajaban israelíes ni estadounidenses ni altos ejecutivos de la línea aérea, vaya, vaya, algo habrá. Nada nuevo en la historia del humo difamatorio: “Hallada en una furgoneta cercana una cinta de la Orquesta Mondragón”. Otros arriman el dolor a una militancia que jamás descansa y acaban, y empiezan, culpando del espanto a los recortes, al neoliberalismo o a un sistema que nos obliga a comprar billetes de bajo coste, qué injusticia. Esto con Honecker no pasaba y si tampoco pasa en infinitos vuelos que abarrotan el cielo capitalista será por mera fortuna.
Los bárbaros son al menos más simples, pues lejos de elucubrar sobre los hechos se limitan a aplaudirlos: mira qué bien, tronco, un montón de catalanes, franceses y alemanes al hoyo. Lástima que no hubiera vascos y moros. Ni en eso aciertan. De los hoy expertos en aerodinámica teutona y ayer duchos en antropología tutsi hablaremos otro día.