Ni agua
hace semanas han sido los socialistas y hace días los populares, y en ambos casos la respuesta en los medios euskaltzales ha sido unánime, absoluta, compacta: están atacando al euskara, están atacando a los euskaldunes. También sucedió hace meses, cuando el líder de Podemos habló sobre las lenguas periféricas. Así que ante todas esas quejas, sugerencias y cavilaciones los euskaldunes sentimos esto y pensamos aquello, en bloque, en tribu, sin fisuras. Y si por casualidad hay vascoparlantes en la filas ajenas, o incluso en las propias, que no opinan como nosotros, será que no lo son del todo, o que lo son de modo imperfecto, acomplejado e ignorante.
Todo parece mejor que debatir con calma las ideas o estupideces, usted verá, que vende el contrario. Cualquier menosprecio resulta más sencillo que sentarse a reflexionar sin prejuicios sobre perfiles, zonificaciones, posibles excesos o defectos y supuestas imposiciones. La llamada normalización lingüística es al menos en la CAV una bicicleta que no conviene frenar ni para un avituallamiento reflexivo, no se vaya a detener para siempre. En Navarra espero que en un futuro próximo, vista la experiencia vecina, sea posible matizar más y enconarse menos, militar menos y razonar más.
Yo no creo que lo dicho por Pablo Iglesias, Idoia Mendia e Iñaki Oyarzabal merezca, sin más, el calificativo de agresión a la lengua vasca y a sus hablantes. Y me gustaría que, dejando a un lado ciertos excesos orales, examináramos si hay algo de verdad en lo que ellos, y con ellos tantísima gente diversa, siente y piensa sobre el asunto. Ni todos éramos judeo-masónicos ayer, ni todos son hoy enemigos del euskera.