El pegamento
Como éramos pocos acaba de nacer Sociedad Civil Navarra, creada por un grupo de “empresarios y profesionales para trabajar por la concordia”. Por cierto, ¿qué es un profesional? En ella cabe todo el mundo, prometen sus promotores, hay que dejar a un lado lo que nos divide, piden sus pioneros, pues el Reyno es un hermoso y variado lugar con triple identidad: “navarra, española y europea”. Sin negar la buena voluntad ajena, uno empieza a sospechar del invento cuando a ese todo el mundo se le adjudica una identidad, la que sea, y cuando ya puestos a vender banderas ni se cita la posibilidad de que alguien tenga otra.
Lo que hoy une a una comunidad no es un manera de ser particular, ya que incluso dentro de un solo individuo, y por supuesto dentro de su larguísima vida, caben infinitas personalidades y afinidades. Lo que fusiona al paisanaje es la fortuna o la desgracia de habitar un lugar determinado y la necesidad de convivir en él sin grandes conflictos. La terca realidad es que al menos por estos lares lo que iguala al vecindario no es compartir un sueño sino compartir el suelo, de forma que el deber del gobernante es gestionar esa desunión ideológica e identitaria. Nos casamos con alguien por lo que piensa y hace, no por lo que sea o vote.
Y, metidos en el rollo eterno de lo que somos y no somos, olvidar a quienes en Navarra se sienten también vascos indica mala fe o pésima vista, y no sé qué es peor. Aún recuerdo una feroz discusión sobre Cristiano Ronaldo en un bar maltés, que un bendito ignorante quiso cortar de un modo muy cívico y social: “¡Menos bronca, joder, que al fin y al cabo somos todos del Madrí!”. Lo que tú digas, tron.