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Los nadie

hace años, cuando la palabra crisis solo se usaba para describir las derrotas del Madrí, en aquella época en la que se podía cruzar España saltando de grúa en grúa como un Florentino atarzanado, apenas se destacaba la inmigración a la hora de cazar votos. Ellos trabajaban pero quienes votaban, amén de trabajar, éramos nosotros. En un pueblo afamado por sus chistes y sus fresas, los mandatarios socialistas publicaron un folleto electoral en el que no había una línea, una foto, ni una sola referencia aunque fuera paternalista hacia los inmigrantes. No se les citó en el primer acto de campaña y me temo que tampoco en el último.

Dado que entonces andaban por allí 2.000 inmigrantes residentes y 7.000 temporeros, esos cuyo durísimo trabajo tanto había ayudado al progreso de los 20.000 aborígenes, aquel silencio era un grito de ignorancia o ignominia. Las manos de ese tercio de la población estaban destinadas al campo, no a las urnas. Se preguntaba George Perec en el célebre poema: “¿Cómo describir?, ¿cómo contar?, ¿cómo mirar?, no decir únicamente: dieciséis millones de emigrantes pasaron en treinta años por Ellis Island, sino intentar representarse lo que fueron esos dieciséis millones de historias individuales.” Aquí no se veía a los que se freían en los invernaderos. No eran representados ni presentados.

Ahora al hablar de la crisis nos referimos a personas, no a estrellas, y muy pocos recuerdan aquel período en el que unos trabajaban y otros trabajábamos y votábamos. Va calando un discurso, que también moja las papeletas, según el cual quienes votamos no encontramos trabajo porque quienes no votan siguen trabajando. Qué miedo da todo.