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Regulero

EH Bildu ha perdido el mando de Gipuzkoa, Donostia y Arrasate, entre otras localidades más que simbólicas, de modo que antiguos fieles le han dado la espalda. Eso significa no solo cierto suspenso en la gestión municipal, sino también en la cuestión ideológica. El nivel de una frustración suele derivar del tamaño de las expectativas, y ha decepcionado tanto a los muy revolucionarios como a los muy agoreros. El país es igual de independiente que hace un lustro, sigue con la misma bandera española en las instituciones y similar número de presos en la cárcel. Y no se ha convertido en la Alemania previa a Hitler, ni en la Venezuela que dejó Chávez, ni en la Argentina de Perón.

Los fundamentalistas, tanto los profetas del paraíso como los mensajeros del caos, suelen parecerse más de lo que ellos creen y desean. Ya sea en la búsqueda irredenta de una jauja que nunca será plena, o en la perenne expansión de negros presagios, unos y otros olvidan que la mayoría de los ciudadanos no es proclive al suicidio y rechaza que el poder, el que sea, se meta demasiado en su vida.

Quien anuncia el Holocausto si en Pamplona gobierna Joseba Asiron debería visitar Auschwitz, en primer lugar, y después San Sebastián. A quien piense que la Euskal Herria socialista está al llegar de la mano de ese amable caballero le bastará con la segunda visita. La Concha no es Birkenau, claro, pero tampoco la Selva Lacandona. Sin duda es preferible que todo cambio político sea así, normal, un pelín defectuoso, incompleto, mil leches, sin que el ángel utopista ni el demonio catastrofista nos engatusen con sus milagros y horrores. Y que hoy gane el peor, con perdón.