Pata negra
El día en que Maroto fue desalojado del trono, una de sus más fogosas seguidoras regó ante las cámaras el árbol genealógico. “¡Yo soy de aquí, yo sí tengo ocho apellidos vascos!”. No fue la única ni el único militante despechado que, tanto en Vitoria como en Pamplona, está aireando el pedigrí. La intención es subrayar que, a diferencia de esos mil leches recién llegados al poder, los populares, los populistas, son de aquí, de aquí de toda la vida. De modo que los advenedizos no solo carecen de experiencia en la gestión pública. Dada su supuesta condición de foráneos al parecer también ignoran lo que aquí acontece. En un sitio son vascos que han venido a tocarnos los fueros. En el otro son guipuzcoanos y vizcaínos que nos han contaminado el ambiente.
Se han destacado mucho los orígenes hidalgos y hasta campeadores del nacionalismo vasco, pero nunca he conocido chovinistas más locales que los españolistas. Alfredo Landa afirmó en más de una ocasión que él como español era navarro hasta las cachas, navarro de pura cepa, navarro cien por cien, o sea no como otros. Y ciertos hagiógrafos suelen acentuar la impecable vasquidad de los políticos vascos del PP, como si más que enfrentarse al legado sabiniano lo hicieran suyo. Incluso el euskara es utilizado para la adoración del ombligo, y a menudo nos presentan a concejales rojigualdos que hablan con soltura el dialecto de su valle con el único fin de contraponerlos a esos urbanitas abertzales que sudan con el batua. Nada, pues, más natural, más propio, más aborigen, que la vasquísima o navarrísima españolidad. A mí me da igual que Pelayo tenga el Rh negativo. Yo tengo hambre.