La del pulpo
un euskaldun y euskaltzale ha criticado en público los actos organizados la semana pasada por la plataforma Gure Esku Dago. El inicio me ha salido horroróscopo, pero ahí lo dejo como quien quita la alfombra de Ongi Etorri de la puerta de la columna. Mal empezamos. Al crítico, que hace más por la cultura vasca que gran parte del vecindario, le ha caído la del pulpo. Entre los tentáculos al natural se encuentran esos que lo acusan de destructivo, irrespetuoso, egoísta, tocapelotas, vacuo y, en fin, que a qué viene juzgar lo nuestro con lo fácil que es quedarse calladito. Entre los venenosos, esos que supuran mala tinta, leo que le llaman enfantterrible, cura hipster, elitista, supermegaguay y amante del postureo. Es muy hermoso un país en el que cada loco con su lema, y si reflexionas te tachan de culterano.
Otro euskaldun y euskaltzale, que también hace más por la cultura vasca que la mayoría del paisanaje, opina que habrá que enfrentarse a los ataques mediáticos que sin duda recibirán las fuerzas del cambio en Navarra. También esta frase ha surgido cochambrosa, a rastras y exhausta camino de julio. Y a mí, aun estando muy de acuerdo con él, me preocupan más los posibles niveles de genuflexión y cierre de párpados, de pérdida de severidad y espíritu crítico ahora que los nuestros, quienes sean los nuestros, van a gobernar. A Larra le dolía España y a mí lo mío. Y asusta -miento, ya no- la militancia extrema de algunos compañeros de viaje que no parecen dispuestos a que nadie, y menos a este lado de la barricada, les cante a ratos la del serrucho. Contra Barcina vivíamos mejor, y triste será que sin ella escribamos muchísimo peor.