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Criaturas al poder

Emilio Olabarria, el político que mejor habla, empezó su carrera parlamentaria en 1980 en casa, ha pasado cinco lustros de diputado fuera, y esta semana ha dicho adiós al Congreso alertando a la población sobre el peligro de la efebocracia. O sea, dos chicos que aparecen mucho en la tele y que cuando aquel ya calentaba escaño aún gateaban. El nacionalista se estrenó con La chica de ayer y se despide con Ylenia. Suponemos que saltó al escenario con el vigor de Eskorbuto: “Viejos, siempre viejos, ellos tienen el poder, y la juventud en el ataúd”. Y se vuelve al camerino con la mirada escéptica y fraternal de La gozadera.

Está por ver si esos llamados efebos nos saldrán genios o trepas, sensatos o fallucos. Lo que ya se ha visto es que cuando la democracia deviene gerontocracia surge una legión de gobernantes que ignora cuánto valen el móvil y el metro, que no paga el fútbol ni los toros. Es una gente extraña que de forma voluntaria o inconsciente se aleja de la realidad por elevación, que sin percatarse de ello o cerrando un ojo considera comunes unos espléndidos privilegios y absentismos laborales. Algunos parecen estar de vuelta y donde están es arriba.

Por eso es necesaria más sangre silvestre en las instituciones, efebotropa que aún conserve la inocencia y la ira de preguntarse por qué, por ejemplo, una farmacéutica en estampida es nombrada consejera de una empresa telefónica. Emilio Olabarria, el político que mejor habla, podría haber añadido unas saludables palabras de denuncia. A falta de un “a la mierda, joder” labordetano, bastaba con un simple “aquí a veces no hay derecho”. Y tú lo sabes.