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Brainwashed

Algunos son hermanos, otros son maestros o amigos, pero quienes más alzan la voz son las madres, ¡vaya madres! Aparecen en medios de habla inglesa o francesa para denunciar a quienes han lavado el cerebro a sus hijos y se los han robado. Bastantes son musulmanas, y comparten un coraje que les surge de las entrañas para señalar en público a los verdugos. También un dolor infinito por la perdida de sus chavales. Y una aguja en la conciencia al imaginar los crímenes que están cometiendo. Y un miedo absoluto a recibir la llamada en la que se les informe de su muerte. Una de ellas, Sally Evans, resume así el escozor de su corazón: “Amo a Tommy pero odio al terrorista en el que se ha convertido”.

Y las une, claro, una justa rabia contra quienes consideran responsables del horror que padecen: esa gentuza, fanática en cuerpo ajeno, que anda propagando la idea de que la única manera de alabar a Alá es apuntarse a la barbarie. 30.000 jóvenes han dejado Occidente para, ellas, ser juguetes carnales de desconocidos; ellos, desvirgar a niñas, tirar a homosexuales desde una azotea y degollar a toda persona indigna de vivir en el Califato Islámico.

Y yo me pregunto por qué aquí nunca ocurrió nada de eso, por qué no recuerdo ni una sola vez en la que alguien cercano a un combatiente, activista o como lo quieran disfrazar salió en la tele para decir: esos políticos, con sus mensajes mesiánicos y arengas blanqueadoras; esos intelectuales y artistas, con su glorificación del etarra desde el sofá y el escenario; esos, sí, esos son los primeros culpables de nuestra desgracia, de la del preso y de la de sus víctimas. Ese relato nos falta. Ese documental también.