Idiosincrasia milenaria
Cuando yo era crío casi no existían por aquí Halloween ni Saint Patrick,s Day. Muy pocos celebraban San Valentín y era raro salir de fiesta en Nochebuena. Olentzero no bajaba a las capitales con el éxito de ahora y el cántico oficioso del Athletic, con perdón, era otro. ¡Ah! Y tampoco se había recuperado o copiado por casualidad el Encierro de la Villavesa -por el NoDo nos enteramos de que en 1962 hubo algo parecido-. Cuando yo era crío nadie decía Zinemaldi ni Azoka si hablaba en castellano, muchos decían San Sebastián y todos decían Vitoria. Y en la guardería bastantes niños eran José o Paco y bastantes niñas Eva o Ana.
¿Y qué pasa? Nada. Algunas innovaciones agradan y otras no, pero antes de convertirse en tradición se benefician de cierto empuje comercial, social o institucional. Si una resulta simpática, rentable o ideológicamente apropiada la adoptamos sin cuestionar el modo en el que se ha extendido. Y si molesta la tomamos por costumbre foránea o estúpida modernez. Aunque varios abuelos no euskaldunes aún sufren cantando Athletic, gorri ta zuria, con perdón otra vez, como me gusta jamás consideraré ese himno una imposición. Sin embargo, dado que prefiero los nombres clásicos, quizás sí me dé por llamar absurda moda a la actual abundancia de esos otros que las abuelas, incluso las euskaldunes, no saben pronunciar.
Y es que por muy pureta que uno se ponga la vida está llena de pequeños y locales Black Fridays. Si nos cuadra habrá Viernes Negro para rato, tal como perdurarán el Juevintxo y el Pintxopote. Y si nos aburre le ocurrirá lo que al Año Chino, que el dragón ni se come ni se bebe. Y así le va.