Llevar a Madrid el cambio político producido en Navarra. Una utopía. Un señuelo electoral. Las siglas confabuladas para el relevo democrático de UPN -su mayor coincidencia era ese empeño, conseguido de manera muy ajustada- tienen escasa incidencia en el Congreso de los Diputados. Concurren por separado y, en la mayoría de los casos, sus electos están abocados a grupos parlamentarios minoritarios o al Grupo Mixto. Más fuerza en la boca que influencia en el voto. Testimonial. Una voz navarra con timbre nacionalista y progresista audible -teatral incluso-, pero sin relevancia en las consecuencias legislativas. Un logro evidente y meritorio en su día porque fracturó el monopolio de la derecha y de un socialismo derechizado, y visualizó otras sensibilidades de la sociedad navarra. Un retrato más fiel de nuestra realidad. Mejor enfocado en sus múltiples tonos y matices. Arrumbado el bipartidismo de las últimas legislaturas, hasta los conservadores nacionalistas (PNV y la extinta CIU) han perdido su valor determinante como muleta de sustentación. Poco puede aportar Navarra y poco puede esperar Navarra de estas elecciones generales. Los que han gobernado en España y los que más opciones tienen de gobernar se han distinguido por el recurso anticonstitucional ante decisiones del Parlamento Foral, por el aborto de anteriores oportunidades de cambio en Navarra, por la negativa contumaz a la concesión de transferencias que enriquezcan nuestro autogobierno, por la oposición al cierre del polígono de tiro de Bardenas, y por el rechazo o farisaica aceptación del Convenio Económico. En Pamplona gobierna EH Bildu; en Navarra, Geroa Bai. Los más votados entre los asociados para el cambio. Si de verdad se quisiera favorecer un cambio de gobierno en el Estado, todos tendrían que haberse sumado al socio con mejores expectativas demoscópicas para forzarlo: Podemos. Pero eso es generosidad y la política funciona por conveniencia. La propia.
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