El tiempo de los pinochos ha terminado. Final de la campaña electoral, jornada de reposo más que de reflexión (con los comecocos en modo silencio) y, hoy, a votar. Quien quiera. Siguen vigentes numerosos motivos para la abstención razonada. En conciencia. Voto de fidelidad inquebrantable, ideológico, útil, de castigo. Confortable voto lugareño, cumplidor voto por correo, laborioso voto (cuando posible) desde el extranjero. Tránsito de las promesas a los incumplimientos, de la ilusión a la frustración, del ruido a la falta de nueces. La estadística convalida el escepticismo. Lo malo conocido ya está acreditado, en democrática alternancia. Puede que haya algo menos malo, incluso bueno, por conocer. Las apariencias engañan. En política, siempre. Lo nuevo estimula. Sensaciones ciudadanas de entusiasmo, de recelo, de miedo. Los pinochos, pendientes del albedrío social. Las empresas demoscópicas cierran los tarros de maquillaje. Encuestas, sondeos, estudios, a la medida de las conveniencias del cliente. Para inducir más que para reflejar. Para confundir más que para esclarecer. Para dirigir más que para ilustrar. La televisión espectáculo nos ha empachado de la novedosa disponibilidad de los candidatos. Juguetes de prime time. Marionetas articuladas en manos de asesores propios y comunicadores de moda. La prensa ha exhibido sin pudor sus preferencias partidistas, en portada y páginas interiores. Los medios de comunicación, convencionales y digitales, han destilado propaganda hasta hacer irrespirable la atmósfera de la imparcialidad. Después de que, esta noche, todos canten victoria -hasta las caídas se adornan con plumajes de éxito-, vendrá la aritmética de los pactos. Por supuesto, sin declaración previa de intenciones. A espaldas del elector. Sumar con quién y sumar para qué. Pactar es consensuar, consensuar es conceder, conceder es ceder, ceder es renunciar. A tu voto le enfrían las pretensiones. Ellos calientan escaño. Y cartera.
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