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Hijos del conflicto

Imaginemos que usted es alcalde y pretende colocar una fuente en una explanada del pueblo. Tendrá que llevar su propuesta a un ayuntamiento donde, en lugar de dos o tres partidos, quizás haya seis o siete, varios de ellos escisiones de los anteriores, que no se lo pondrán fácil. Deberá luego enfrentarse a un debate historicista en los medios acerca del solar, que para unos tal vez sea el símbolo de una rebelión ibérica y para otros donde bailó su último agarrado Zumalacárregui. Para la mayoría es el único sitio donde se puede aparcar el tractor los domingos, y va y nos lo quitan. Por si fuera poco, escribir ese apellido de tal modo acaso provoque un incendio filológico colateral.

Lo que sin duda ocurrirá es que si la idea prospera enseguida surgirá una coordinadora apoyada por decenas de agentes sociales que manifieste su rechazo. Si por el contrario la fuente no se instala tampoco tardará en crearse un foro de ciudadanos apolíticos dispuestos a defender el Agua, la Constitución, el Estatuto, el Amejoramiento y la Libertad, todo erecto de mayúsculas. Con tanto jaleo, y eso esquivando la sombra del Hermano de Zumosol, parece lógico que para apagar la bronca y de paso la sed inventáramos el kalimotxo.

Antaño lo consideraba un rasgo negativo que entorpecía la toma de decisiones y desesperaba al paisanaje. Hoy, sin embargo, pienso que la ingesta de tamaña macedonia durante décadas, y aún seguimos, nos ha hecho más tolerantes y propensos al pacto, menos forofos e integristas. Lo dijo alguien que no recuerdo: es malo sufrir pero es bueno haber sufrido. Visto el problema en Madrid para formar gobierno, igual les conviene aprender algo.