En las películas del oeste de mi ya remota infancia y juventud, los indios eran los malos y los vaqueros, auxiliados por el ejército confederal, los buenos. A pesar de que los vaqueros habían invadido los terrenos de las tribus indias y desplazaban a la población autóctona. Navarra fue antes objeto de conquista que sujeto de pacto. En España, los buenos son los constitucionalistas (nacionalistas españoles) y los malos, los nacionalistas periféricos. Los nacionalistas periféricos de derechas han sido malos útiles para la conformación de mayorías de Gobierno estatal, con PP y con PSOE; los de izquierda, malos desestabilizadores y desintegradores. Y en esas seguimos al echar las cuentas actuales de apoyos expresos y de apoyos indirectos mediante la abstención. ¡Qué cruz! El artículo 2 de la Constitución (“indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”) se preserva con más ahínco que el 15 (no “a la tortura ni a penas o tratos inhumanos o degradantes”), el 35 (derecho al trabajo y a una remuneración suficiente, sin discriminación por razón de sexo) o el 47 (“derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”). Los cambios en el texto constitucional están en la voluntad o en la resignada aceptación de todo el variopinto arco parlamentario, pero una reforma total o parcial requiere de unas mayorías cualificadas que lo dificultan más allá del choque de intenciones. La definición de un programa de gobierno exige diálogos sectoriales en materias tan sensibles como el empleo, la vivienda, la salud, la educación, el bienestar social, la financiación autonómica, los desarrollos estatutarios, la ley electoral, el derecho a decidir, la corrupción... Ese diálogo entre distintos es una responsabilidad emanada de la voluntad ciudadana. A mayor fragmentación, mayor complejidad. Hay que hablar de todo con todos. Con afines y con los antagonistas más radicales. La sociedad somos todos. Todos.
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