Vacaciones en el trullo
Es cierto que a menudo aquí se ha trivializado y aún se trivializa el terrorismo. Pero también lo es que aquí y sobre todo allá se ha trivializado, y todavía se trivializa, la pena carcelaria. Uno pasa tres décadas en la mazmorra y al salir el paisanaje insatisfecho le grita que la ley es un cachondeo, como si gastar un tercio de la vida entre rejas fuera un chiste. Alguien es aislado en el calabozo y pocos reparan en la eternidad de esas horas sin saber qué hacer y, peor, sin saber qué te harán.
Quienes hoy se empeñan desde altas tribunas en enchironar a artistas y titiriteros andan muy faltos de compasión cristiana y humana piedad. Vaya en su descargo que tales atributos han dejado de ser necesarios en el gremio. Sin embargo convendría poseer un mínimo de rigor intelectual para optar al trono de gurú. Se admite, pues, que borracho de ira un tertuliano disfrute con la idea de ver al prójimo apijamado y con bola, que así somos de justicieros o cainitas. Pero debería ser motivo de despido que además hable de esa celda con una ignorancia, futilidad y desparpajo inauditos. Estar a la sombra no es un reality show.
Hay un abismo entre el hecho de que te disguste algo, incluso de que te provoque un rechazo absoluto, y el deseo de encerrar a su responsable. Hay un mundo entre criticar los palazos de Gorgorito y exigir el arresto de su creador. Y hay todo un universo entre la cárcel citada con tanta alegría en los medios -¿es la de Miguel Ríos?- y el pudridero de esperanzas al que pretenden enviar a cada vez más gente. Vamos, que de tanto ir de insensibles algunos ya son puros insensatos.