Silbato absuelto
La Audiencia Nacional ha investigado lo sucedido en la última final de Copa entre el Athletic de Bilbao, con perdón, y el Barcelona, y ha decidido que pitar al himno, o el himno, que uno ya ignora si es un ser mitológico o un chundachunda patriótico, es completamente legal. Será feo, desagradable e irrespetuoso, pero el hecho no es constitutivo de infracción penal alguna, eso leo por ahí. Quien esto escribe ha estado en cuatro finales monárquicas -y aún espera el final de la monarquía-, ha visto perder a los suyos, que no siempre eran los mismos, en todas ellas y no ha silbado el himno ni al himno en ninguna.
En primer lugar, no lo ha hecho porque a esas horas en tales lúdicas jornadas uno está a otra cosa, ya sea el bocata, el gol, el trago, el ligue o la exaltación de la amistad. Últimamente se llevan también el selfie y la llamada a la familia para gritar “¡mira dónde estoy!”. En segundo lugar, porque a estas alturas de la historia anda ya muy cansado de movidas políticas en eventos deportivos, ya vengan del palco o de la grada, sean institucionales o populares. En tercer lugar, porque pasa de alimentar a quienes viven en los medios de alentar una escandalera para luego comentarla. Y, en cuarto lugar, porque no sabe silbar ni pitar ni chiflar. Quizás esta vergonzante tara sea la verdadera razón de haberse uno abstenido de participar en toda pitada. Los defectos a veces son virtudes.
Y, aun así, dan ganas de aprender a pitar, chiflar y silbar una democracia, o a una democracia, en la que según quien sea el juez hasta comprar un silbato puede salir caro. Je suis Charlie, dicen. De apellido, Torquemada.