Mil leches
Esta semana nos han vuelto a contar lo que nos vienen contando desde hace décadas: la sociedad vasca occidental, dicho así para no ofender a nadie aunque seguramente a alguien ofenderá, es cada vez menos nacionalista, menos independentista, más constitucionalista y más españolista. Dos encuestas han bastado para describir al personal con una precisión que infinitas personas ni siquiera se aplican a sí mismas. Pues, salvo la militancia, el paisanaje es una mezcla de todas esas cosas, y unas cuantas más, en diferente grado según el día.
Más de un sujeto al mismo tiempo desea que gane la selección española, jamás pasearía una bandera rojigualda, se siente en casa en Benidorm y vota a la derecha o izquierda abertzale. Quizás en público le cueste defender esa supuesta ristra de contradicciones, pero no hablamos de lo que susurra o manifiesta sino de lo que hace y, supongo, siente. Pues en verdad no actúa como un extranjero en la costa alicantina, y por mucho que el Marca le exija ser un patriota tampoco grita cuando mete gol Sergio Ramos.
Bastante gente se mueve entre una gran variedad de grises que a veces son claros y a veces oscuros, y por eso resulta inútil ese afán por clasificarnos periódicamente como a mariposas. O peor: de experimentar con nuestra identidad como si fuéramos ratones de laboratorio. Pronto nos contarán que la sociedad vasca oriental, dicho así para no ofender a nadie aunque seguramente a alguien ofenderá, es menos vasquista, más navarrista y en ese plan. Y sin embargo usted sigue comiendo los mismos yogures y no ha notado tantos cambios, y tan raudos, en su corazoncito. Así va el manicomio.