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Donde nada parece normal

cuenta Kepa Murua en sus diarios que, siendo editor de Bassarai, comentó a Miguel González San Martín “la posibilidad de abreviar su nombre, demasiado largo a la hora de identificarlo rápidamente”. Y que la causa de su negativa lo dejó desconcertado: el escritor no quería prescindir de ese González precisamente en el País Vasco. No sé si le molestó la sugerencia por sospechar que tras ella había un motivo más ideológico que estético. O quizás sólo prefirió convertir su apellido en símbolo numantino aun conociendo la mera razón profesional del editor. Lo cierto es que, carente de esa experiencia, la de crecer aquí siendo González, e ignorante por ello de la supuesta carga política que acarrea, uno puede pensar que hay algo raro o trágico o paranoico en esos daños colaterales de la antroponimia.

Ayer oí quejarse a una vecina de que a su hijo en la guardería lo habían disfrazado de “payaso terrorista”. Puesto que le habían coloreado la cara y dibujado una enorme sonrisa, también cabe afirmar que hay algo raro o trágico o paranoico en ese modo de describir una escena universal y sencilla. Quizás usted tenga muy mala opinión sobre Pirritx y Porrotx cuando no actúan. A mí tampoco me gustan. Pero además ha de tener muy mala cabeza, o mucho dolor encima, para considerar que todos los payasos del mundo, incluido su niño, son Porrotx y Pirritx en cuanto se calzan los zapatones. Sin duda alcanzaremos pronto la paz tal como ya hemos alcanzado la amnesia. Pero tardaremos décadas en curar esas heridas del alma, esas miradas de hierro, esos recelos enterrados en blandas fosas comunes. Va un día y resucitan.