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O Lennon o Chapman

Algunos aún creen que Manuel Díaz, El Cordobés, no es hijo de Manuel Benítez, El Cordobés. Y algunos no creen nada de Arnaldo Otegi en su gira primaveral. Yo sí, yo creo mucho cuando habla del presente y poco cuando habla del pasado. Creo que hoy le horrorizan aquellos cadáveres y, con igual margen de error - mi credulidad-, creo que ayer no le horrorizaban aquellas “consecuencias del conflicto”. Sin duda es una mejora, aunque no satisfaga al clan del siempre o nunca.

En su descargo va que se halla en un laberinto ético y discursivo que no sólo le robaría el sueño a un ser humano: también el cerebro a un pretendido estadista. Pues ignoro cómo se come eso de sentir el dolor de las viudas, rechazar el coche bomba y sin embargo absolver a quien aprieta el botón. Si por ejemplo él comprende a la hija de Isaias Carrasco y considera injusta la muerte del concejal, ¿cómo puede comprender a quien lo mató y estimar justa su puesta en libertad? Se entiende quizás en un familiar, que una madre es una madre. Pero no en un político que parece empatizar con la huérfana y con el asesino, y en la tele se solidariza con una, y en la plaza recuerda al otro.

Su gran problema es que por vivir donde vive y, sobre todo, por haber vivido lo que ha vivido no está en condiciones de alejarse con cinismo de la escena del crimen -“sí, son unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta”-. De modo que el cariño que muestra hacia los verdugos resulta incompatible con el que dedica a sus víctimas. Yo, créanme ahora a mí, agradezco el intento. Pero el reguetón sin perreo y la culpa sin culpable no existen. Ni aquí ni en Google. Aunque a saber: ya hay morcilla sin sangre.