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El muy militante

Ya saliva cachondo con las elecciones. Es el fogoso que se hace con el equipo completo, que se traga la idea absoluta, que pasea su marmórea lista de verdades por el bar, la oficina o el txoko, el caralibro, el tuiter y el guasap. Para él la red social es un megáfono. El muy militante, si es de un lado, tiene todo clarísimo sobre Bolivia, Siria y Bangladesh; y si es del otro también tiene todo clarísimo sobre Bangladesh, Siria y Bolivia. Lo suyo es tenerlo todo tan clarinete que parece columnista. José Mujica suelta que Maduro está como una cabra y desconcierta al guepardo. Después añade que su oposición anda perdida y mosquea al tigre. La duda molesta.

El muy militante arrastra una cesta con su color favorito y ahí mete sucesos, sentencias y medias mentiras que se la hermoseen. Lejos de tejerla con los mimbres de la realidad, esa cosa libre y compleja, la trae de fábrica y retuerce aquella hasta que encaje. El gurú de turno es quien lo convence de que algo es bueno o malo, pero el muy militante prefiere creer que ha llegado a esa conclusión por méritos propios. Justificadores de ETA se han bajado del tanque cuando su líder ha dicho que no mola. Si él lo dice, es que no mola. Enemigos del matrimonio homosexual se han puesto vaquerizos desde que los marotos han empezado a casarse. Ahora no destruye familias.

El muy militante se distingue del político en que éste, tras rozarse con el adversario en plenos y chalaneos, sabe que nada está clarísimo salvo en el mitin. Aquel en cambio sólo frecuenta gente de su cuerda y considera al otro un ignorante al que evangelizar. Son tantos que ya asusta más militar como verbo que como sustantivo. Lo que nos espera, bro.