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Cornadas

Sería muy hipócrita negar que miles de personas se alegraron la mañana que un toro corneó varias veces a Julen Madina en el callejón de la Plaza de Toros. Las cornadas cuando se ven por televisión no dejan de ser una suerte de acción de videojuego, algo que sabes que es duro pero no definitivo y que, no deseándolo, en el fondo posteriormente son mostradas con orgullo y hasta con satisfacción por muchos de los corneados. Sabes que de aquello van a salir, en la mayoría de los casos sin otras consecuencias. Mi hermano tiene una cornada del encierro de Tafalla y la lleva a mucha honra. Le puedo entender. A fin de cuentas, es la plasmación física y real de lo peligroso que en general es vivir. Todos tenemos unas cuantas cornadas invisibles de enorme profundidad y dureza que en ocasiones nos gustaría que se plasmasen en la piel para poder mostrarlas y que los demás comprendieran o al menos certificaran parte de nuestro pesar. Pues Pamplona, buena parte de Pamplona, celebró que Madina recibiera aquella colección de cornadas que lo rebajaba a la categoría de guiñapo tras tantos años de superhombre. No se le perdonaba ni su aspecto, ni su protagonismo obtenido a medias con unos medios de comunicación ávidos de poner nombres y caras a los héroes -hablamos de los primeros y mediados 90, hasta los 80 se respetó mucho el anonimato, incluidos los pies de foto de prensa-, ni su innegable y altísimo nivel como corredor -hizo cosas excepcionales desde La Granja hasta el callejón, excepcionales- ni su origen: no navarro. Madina fue el primero y a la vez último corredor mediático del encierro de esta ciudad. El resto quedaron a años luz y tal vez ya sea otro tiempo para que se den las circunstancias que le elevaron a él a esa categoría. Tarde, en su trágica muerte le pido disculpas a él y a su familia por ser uno de los que se alegró de aquella tunda. Descanse en paz.