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Inexplicable

recuerdo con extremo hastío aquel julio de 2014, el inverosímil turre que nos cayó cuando había que elegir entre Madina, Sánchez y Pérez Tapias, toda la descarga mediática ineludible acerca de la actualidad de un partido cada vez más y más desinflado y más lejos de la calle, de todas las calles. Han pasado apenas dos años como dos siglos y Sánchez va ya camino del desolladero -no lo soporto, pero le reconozco los principios y los arrestos por enfrentarse a lo peor de su partido y negarse a facilitar un gobierno del PP-, un destino que quién sabe si no le espera al propio PSOE si finalmente opta por plegarse a esa derecha que dice querer combatir, la de los recortes, la de la deuda superando por vez primera al PIB, la de la corrupción endémica y todo lo que hemos venido padeciendo desde hace mucho, con la calle ya a años luz de distancia de un partido que se desangra cita tras cita desde 2008, tanto en las generales como en las numerosas autonómicas que se han ido celebrando. Un partido al que millones de nuevos votantes son incapaces de distinguir del PP o cuando menos tienen que hacer un enorme esfuerzo para lograrlo. Un partido que pretende dirigir la líder de una de las comunidades autónomas con más paro de la Europa desarrollada y en cuyo interior aún pesa un quintal lo que diga un personaje como Felipe González, el de Gas Natural. Millones de votantes socialistas están descubriendo como ya lo descubrieron aquí hace años sus homónimos navarros a quién votan en realidad cuando votan a esas siglas. No es una cuestión de que eso sea bueno o malo o regular, es simplemente lo que sucede. Lo asombroso es que a mí esto me parece un suicidio en toda regla, pero luego viene la realidad, sus votantes acaban por aceptar y hasta aplaudir esto y el PSOE igual incluso crece. Y sigues sin entender nada y te das cuenta de que el problema lo tienes tú. De siempre.