No parece casual que el Premio Planeta de este año haya ido a parar a una novela sobre la corrupción política, y que su autor sea más periodista que escritor, más cronista de la realidad que tejedor de ficción. Cada vez más, seguimos algunas noticias como si fueran auténticos capítulos de una novela, atrapados como lectores en sucesos y personajes que no llegamos a comprender y que nos fascinan desde esa distancia de aquello que parece mentira, aunque luego nos golpeen con la cruda realidad. Cuanto más sabemos más queremos saber, pero al mismo tiempo nos horroriza lo que vamos descubriendo, porque todo eso que tenemos delante no pasa en las páginas de un libro sino en las de los periódicos, portadores de realidad (al menos casi siempre). Como el mismo autor Jorge Zepeda reconocía momentos después de recibir el galardón que le ha sacado del anonimato de años de trabajo en el buen ejercicio periodístico, desde la trinchera de las columnas, para saltar a la fama que sigue al galardón literario más mediático, decía que vivimos tiempos en los que lo inverosímil no es la ficción sino la política real. Y viendo por qué derroteros discurre nuestra política más cercana cierto es que no se puede estar más lejos de la realidad de los ciudadanos. Asistimos con indiferencia y enorme desapego al debate sobre el estado de la Comunidad de Navarra, el último de esta legislatura. Y sigue el más de lo mismo, los de siempre con lo de siempre. Escuchamos cómo el eje de las intervenciones se asienta en reproches mutuos, en decir que todos mienten, como si la realidad no existiera. El auténtico debate para muchos navarros y navarras sería buscar solución a los problemas que lastran el futuro, no escuchar a una presidenta que se declara incomprendida sin asumir su responsabilidad ni su fracaso. Es la sociedad la que puede sentirse incomprendida. La Navarra real no es la oficial. En la real se sigue luchando contra la pobreza, 20 años ya, y cada vez somos más pobres.