Es un bar de pueblo, un negocio familiar donde prima el trato cercano y al que los clientes acuden por mucho más que la comida y la bebida. Diego Rubio, Toñi Jiménez y su hija, María, tratan a su clientela con una cercanía “de casa” y un cariño propio de personas que ya han pasado a considerarse amigos, por no decir familia. Después de doce años dedicados a la hostelería –ocho de ellos, al frente del bar Zubizarra, en Burlada–, “es hora de parar”, dice Toñi.

Contestando a la pregunta de qué harán cuando cierren, María lo tiene claro. “Yo, llorar”, dice con pena. La hostelería llegó a sus vidas en un momento complicado y supuso para la familia una oportunidad de salir adelante. Diego y Toñi se quedaron en el paro en plena crisis y, aunque estuvieron intentando recomponerse hasta el año 2013, “era imposible remontar, teníamos que buscarnos la vida de otra manera”, cuenta Diego. El matrimonió se armó de valor y se adentró en el ajetreado mundo de la hostelería.

Se pasaron los dos primeros años trabajando la semana completa, sin un solo día de descanso –“a piñón fijo”, bromean–. “Ahora, cerramos los lunes por la tarde y los martes. Quien venga, si quiere facturar más, puede no descansar ningún día, pero nosotros ya lo necesitamos”, reconoce Toñi. De hecho, durante las pasadas fiestas de Burlada, la familia batió su récord de la jornada más larga. “Estuvimos 21 horas sin parar. A mi me cuesta, y tengo 33 años, así que no me quiero imaginar a mis padres, que tienen 65”, dice María.

Cuando alquilaron el bar, tuvieron que hacer frente a una reforma que retrasó su inauguración varios meses. “Solo teníamos la barra, una cámara y sobre todo, agujeros”, bromea Diego, “pero ahora está totalmente equipado, solo hay que traer ganas de trabajar”. Tampoco es necesario innovar para atraer a un público nuevo porque el local ya cuenta con una base consolidada de clientes que, de hecho, figuran en un mural en la pared. “Tenemos colgadas fotos de momentos y personas especiales de estos años. No hemos incluido a todos porque habríamos tenido que empapelar el bar entero y parte de la calle”, explica María entre risas.

Esta clientela –que la joven ha bautizado como “la familia Zubizarra”– ha sabido brindar su apoyo en los momentos más difíciles. “Recuerdo que durante la pandemia, cuando nos dejaron abrir, la gente venía a la terraza y se traía los nórdicos para poder estar aquí, pero sin pasar frío”, cuenta la hija. No es para menos. El bar Zubizarra –cuyo nombre proviene del puente viejo al que conduce la calle de la Nogalera, donde se sitúa el local– se ha ganado una excelente reputación participando en todas las iniciativas vecinales y haciendo sentir a los clientes como en casa.

Por eso el matrimonio vive con lástima el cierre de su local, porque “Burlada está cambiando”. El “poteo” ya no está tan de moda en el pueblo como antes y cada vez quedan menos bares familiares como el de los Rubio-Jiménez, “pero nosotros ya tenemos que jubilarnos”, coinciden. Por el momento, nadie parece estar interesado en darle continuidad al negocio, “y eso que estamos dispuestos a enseñar las cuentas a quien quiera para que vea que este negocio es rentable”, añade Diego.

Mientras tanto, María asume con pena que sus días trabajando como hostelera y codo con codo con sus padres están llegando a su fin. “Me gusta mucho la cocina y sobre todo, la repostería, pero no el agobio que pasamos aquí a veces”, reconoce. Además, añade Toñi, “ya es hora de que María busque un trabajo de lo suyo, la Historia del Arte, y de que nosotros viajemos”. El matrimonio viene de Extremadura y quiere aprovechar su jubilación para disfrutar de la casa familiar de su pueblo, así como conocer sus alrededores. “Hemos estado tan metidos aquí que no conocemos nada de Andalucía ni de Castilla-La Mancha”, admite la mujer.

Preparando la despedida

El cantante Isaac Ríos –ahora, vocalista de la banda Tocotoco– ofrecerá un concierto el sábado 28 de marzo, por la tarde, después del vermut, como acto de despedida. “Siempre me dedica La Llorona, pero creo que ese día va a tener más sentido que nunca”, admite Toñi emocionada. “Al final, hemos visto crecer a los hijos de clientes y hemos creado muchos recuerdos a su lado”, cuenta, “y es muy difícil decir adiós a eso”. Después de despedirse, la familia comenzará a vaciar y limpiar el local y pasará al otro lado de la barra para seguir disfrutando junto a sus clientes, o mejor dicho, sus amigos.