El sitio de mi recreo

La histeria, el peor virus

26.02.2020 | 09:31

ya lo que faltaba es que nos tachen de aprensivos a los ciudadanos corrientes por manifestar nuestra inquietud ante el coronavirus. Como si un cierto grado de prevención no estuviera justificado después de que la Organización Mundial de la Salud anunciara que los casos de China se contenían, mientras eran residuales en el resto del mundo, y que de forma súbita se registraran focos descontrolados en Corea del Sur, Irán e Italia antes de que el coronavirus llegara a la península ibérica para un total de casi 85.000 contagios en una cuarentena de países. Sin embargo, la lógica congoja por la probable más que posible confirmación de algún caso en Navarra -pese a la docena de negativos acreditados hasta la fecha- no debe mutar en alarmismo, con el acopio de alimentos y mascarillas como primer síntoma de la histeria. Porque no cabe la psicosis ante eventuales medidas de observación e incluso confinamiento de presuntos infectados, tratándose de iniciativas de puro sentido común, y menos la angustia por la lesividad de un COVID-19 que no alcanza el 1% de tasa de mortalidad fuera de China y que se sitúa en una horquilla de entre el 2% y el 4% en Wuhan, epicentro del brote. Además de que a estas alturas se halla plenamente identificado el colectivo diana, la población mayor con patologías de base, y también se ha comprobado que la secuencia genética del coronavirus continúa estable. Así que por mucho que pueda declararse una pandemia, lo que en sus estrictos términos solo supone que la mayoría de la humanidad queda potencialmente expuesta al virus, debemos confiar en los sistemas públicos de salud y en los planes de contingencia diseñados por las autoridades, más si la llegada del COVID-19 se sigue retrasando y coincide con la retirada de la gripe estacional. Acotada la incidencia desde la perspectiva sanitaria, queda por aquilatar el coste del coronavirus en términos económicos, fundamentalmente por el desabastecimiento de materias primas, el perjuicio para el turismo internacional y la desvalorización de activos bursátiles. Daños menores en cualquier caso y asímismo limitados.