La Unión Europea (UE) se juega consolidar su cohesión interna y su proyección exterior para no reducirse a un espacio económico cada vez más condicionado por las agendas de otros. El reciente bloqueo y aplazamiento del acuerdo con Mercosur, sometido a vaivenes entre gobiernos, parlamentos y protestas sectoriales, era un indicio, pero la evidencia de que está en el punto de mira de enemigos internos y exteriores se agudiza con los últimos acontecimientos.

Puede ser una anécdota el descarado colonialismo con el que la Administración Trump apunta a Groenlandia como eje de sus intereses energéticos, pero los términos de su intervención en Venezuela le han dado una nueva dimensión. Mientras la falta de una agenda que aporte a la vez soluciones y hojas de ruta de gestión compartida magnifica las prioridades de la política interna de los socios –como Francia o Polonia, por su sector agrario en el caso de Mercosur–, el espacio de derecho y relato social que constituye la Unión es un rival declarado en las agendas de las potencias que le rodean: Rusia y Estados Unidos.

Sin una posición interna compartida que se haga fuerte en los valores y principios de la Unión, el proyecto corre riesgo cierto de desnaturalización o desmembramiento. El populismo ganó su primera batalla con el Brexit y se extiende el euroscepticismo en amplios sectores de la izquierda y la derecha que actúan como quinta columna interior y gobiernan instituciones en Estados socios. El problema de fondo es de coherencia en los principios y no someterlos a la prioridad ideológica o el interés electoral cuando lo que está en juego es conformar un modelo común de Estado de Derecho.

En este contexto, se hará cada vez más necesario recurrir a cooperaciones reforzadas y mayorías cualificadas. No evita los problemas, pero ofrece una vía para que un núcleo de socios avance sin quedar rehén de quienes convierten el consenso en herramienta de chantaje mientras por el camino se quedan principios consustanciales al proyecto y la esencia misma de los valores democráticos que lo inspiraron. Europa necesita menos vetos y más voluntad de compartir soberanía real en los ámbitos donde se juega su futuro: derechos, clima, energía, defensa, industria y vecindad, si quiere evitar que otros escriban sus reglas, como ya está ocurriendo.