La expiración del tratado START III entre Estados Unidos y Rusia, suscrito en 2010 por Barack Obama y Sergéi Medvedev, solo es una sorpresa por la falta de atención prestada en la última década, de modo que no ha habido atisbo de prolongación de los compromisos de no proliferación. Con su caducidad, termina más de medio siglo de controles mutuos, desde los acuerdos SALT de 1972, y deja de nuevo a las dos mayores potencias atómicas sin un marco vinculante de límites, verificación e inspecciones. Es el síntoma más visible de un giro geoestratégico más profundo: el que sustituye el equilibrio pactado por la unilateralidad calculada.
La administración Trump es hoy el principal motor político de esa lógica, al apostar por la libertad total de modernizar y ampliar su arsenal, por ligar cualquier conversación a otras disputas (Ucrania, OTAN, China) y por deslegitimar el papel moderador de la ONU y del multilateralismo. Pero sería un error convertirla en chivo expiatorio único. Moscú lleva años vaciando de contenido los tratados; Pekín, por su parte, ha duplicado su arsenal hasta situarlo en torno a las 600 ojivas, despliega nuevos campos de silos y desarrolla capacidades nucleares terrestres, navales y aéreas sin someterse jamás a un régimen efectivo de control ante terceros. Ese poder lo proyecta sobre todo en el Pacífico y en torno a Taiwán, donde aplica una clara intimidación. La retirada de EE.UU. del Tratado antimisiles ABM, la muerte del INF (sobre armas de alcance medio), la salida de Corea del Norte del Tratado de No Proliferación (TNP) o la ambigüedad israelí acreditan que el modelo lleva años deshilachándose. El resultado es un tablero en el que nueve potencias nucleares –algunas fuera del TNP, otras vaciándolo de su espíritu– compiten en modernización y alcance sin un paraguas regulador eficaz.
Asistimos a otro golpe a la diplomacia multilateral. Si el control nuclear deja de regirse por reglas para volver a regirse solo por capacidades, el “equilibrio del terror” de la Guerra Fría mutará en una desordenada carrera a tres bandas -Estados Unidos, Rusia y China- con más actores alrededor y menos frenos. Renunciar a los compromisos de desarme no es solo un retroceso jurídico; es, sobre todo, una renuncia a la idea de que la seguridad global puede construirse desde el Derecho y no desde la amenaza.