El resultado electoral en Aragón, anticipado por las encuestas, dibuja la factura del abandono del centro por parte del PP y de su asimilación del lenguaje de la extrema derecha. El Partido Popular gana, pero pierde escaños y espacio propio, mientras Vox casi duplica representación y se convierte de nuevo en llave de la gobernabilidad. El partido de Núñez-Feijóo debería sincerarse sobre si su naturaleza es el centroderecha reformista o prefiere asumir el relato ultra sobre migración, seguridad o memoria, con el que normaliza a quien lo exhibe de forma más descarnada.
En paralelo, la izquierda aragonesa llegó y salió fragmentada y enredada en una competición por la ortodoxia ideológica. PSOE cae con fuerza, IU-Sumar apenas entra y el espacio progresista alternativo se dispersa. La disputa se libra en la pureza del relato, no en la comprensión de las nuevas clases medias y bajas, donde han calado las respuestas inmediatas y de protección identitaria. Ese votante popular, que debería ser natural para una izquierda capaz de hablar de salarios, vivienda y servicios públicos, reconoce ahora mismo más sus preocupaciones en los mensajes de la derecha extrema que de una izquierda a la que percibe enredada en la utopía.
El contraste con lo sucedido en Portugal es elocuente. Allí, la derecha tradicional no ha aceptado ser muleta ni eco de la ultraderecha de Chega, pese a verse más acosada electoralmente que el PP. En la segunda vuelta presidencial, el socialista Antonio José Seguro ha concentrado voto de centro y centroderecha moderada para frenar al candidato ultra, André Ventura. El Partido Socialista portugués ha podido erigirse en dique también porque no existe un archipiélago de siglas a su izquierda que lo empuje fuera de posiciones centradas, y porque la derecha liberal ha preferido preservar su identidad democrática antes que homologar el relato extremista.
Aragón retrata así una doble deriva preocupante: una derecha que se deja arrastrar por su franquicia ultra hasta blanquearla, y una izquierda que confunde convicción ideológica con mayoría social. Portugal demuestra que hay otra forma: una derecha que no regala su espacio al extremismo y una socialdemocracia capaz de ensanchar el centro en lugar de abandonarlo. En esos espacios se disputa el devenir político de la próxima década.