El intento de magnicidio contra el presidente de Estados Unidos –el tercero en un par de años– y su Gobierno debe motivar una condena sin matices: unánime, rotunda y sin excusas. Cada disparo en el hotel Hilton no solo apuntaba a las personas que representan un modo de ejercer el poder y practicar la política que puede resultar reprobable. El atentado daña el corazón mismo del sistema democrático: la transferencia y el ejercicio del poder sin violencia a través de la voluntad legitimadora expresada libremente en las urnas. Atacar a un líder elegido es atacar la voluntad popular que lo ungió. No deben existir matices en esto.
La tentación de reducir lo acontecido este pasado fin de semana en Washington a la lógica simplista de “quien siembra vientos, recoge tempestades” es una falacia intelectual y una trampa moral. Es cierto que Donald Trump ha cultivado una retórica incendiaria, deslegitimando instituciones, demonizando a la prensa y calificando de “traidores” a sus oponentes. Su discurso ha envenenado los términos de la convivencia, pero no cabe aceptar que justifique dinamitar el Estado de derecho. La violencia no es una herramienta política legítima. La misma lógica perversa del señalamiento y la criminalización podría justificar ataques contra cualquier líder cuya retórica se considere una “provocación”. ¿Dónde se detiene esa escalada?
La democracia, por imperfecta que sea, posee sus propios anticuerpos contra la tiranía. Son las urnas, los tribunales, la separación de poderes, el escrutinio de una prensa libre y el derecho a la protesta pacífica. Estos son los mecanismos legítimos para contener, fiscalizar y, en última instancia, destituir a un gobernante. Asimismo, el “derecho de rebelión”, argumentado a mediados del siglo pasado como mecanismo legítimo frente a las dictaduras y la colonización, es contradictorio si se orienta contra las democracias.
Equivale a arrogarse el monopolio de la justicia, situándose por encima de las leyes y de la ciudadanía imponiendo la voluntad individual o sectorial sobre la decisión colectiva. La violencia nunca es la respuesta; es la renuncia a la política y el primer síntoma del fracaso de una sociedad. Condenemos las balas, pero también las palabras que las cargan de razones. Ambas son una amenaza existencial para la libertad.