Apoyos y detractores de la monarquía

08.04.2020 | 16:46

A pesar de estar ensombrecida por el virus, la Corona si, la
Corona no, es motivo de chance y de debate en los cenáculos, en
los medios, y en cualquier lugar donde la palabra se haga de
rogar, pero no porque forme parte del bicho de Wuhan, que
también, sino por las andanzas de los miembros de la Casa Real.

Las gentes de noble inteligencia, principalmente residentes
en Madrid y vestidos con traje y corbata, despliegan con alarde,
y pocas razones, sus argumentos a favor de la Corona,
paseándose por los platós, las emisoras y el papel impreso, y con
aire arrogante nos venden el peine de las bondades de la Corona,
como si se tratara de unos fondos de inversión. Entre ellas, el
papel del Emérito en el golpe del 23 F defendiendo la
democracia, los orígenes ancestrales y la trayectoria de la
dinastía borbónica que justifican su actual status, su carácter
simbólico en sintonía con la bandera rojigualda y el escudo, que
dotan de estabilidad al Régimen, y por último, el carácter regio y
la sesuda inteligencia que anida en el cerebro del actual
Monarca, la gran esperanza blanca, sin tacha alguna, del Ibex 35.

Todos estos argumentos suenan muy casposos, huelen a
naftalina que diría mi amona, y saben a tradición, a
conservadurismo rancio, como el chorizo caducado.

Juan Carlos I nunca ha sido el paladín de la democracia, ni
de nada. Durante el golpe del 23 F, se escondió en la penumbra,


hasta que el tiempo retrató la flojera de los golpistas, con un
urdidor de la trama personificada por el General Armada,
Consejero de la Casa Real, y cuando éste dió un paso atrás, y sólo
entonces, el Rey se subió a lomos de la democracia. Para algunos
historiadores su papel nunca estuvo claro en los inicios del golpe.

El Rey Emérito ha sido, ante todo, un vividor, un hombre de
bragueta suelta, un enamorado del dinero y de nada más, que ha
hecho uso de sus privilegios para hacer lo que le viniera en gana,
como un niño malcriado. Su imagen es denostada hoy por la
mayoría de la población, me atrevería a decir, y por ello, se ha
convertido en una fuente de desestabilización, contrariamente a
lo que vociferan sus mentores y amigos interesados.

No es símbolo más que de lo poco recomendable, del peor
yerno para cualquier suegra, su perfil se ha desnudado ante el
espejo de todo el país. Ni siquiera sugiere que haya sido el
estandarte de la unidad de la patria, más bien se retrata como el
cazador de Botsuana, que pilla elefantes por encargo, el rifle que
portaba solo era un señuelo, como la caña que portaba Franco a
bordo del Azor para pescar atunes, mientras sus súbditos lo
pasaban canutas con la crisis del 2008. Aquella petición de
perdón ante las cámaras no fue más que un espejismo, vistos los
derroteros que le persiguieron hasta Suiza, las islas Caimán, o las
Bahamas.

El símbolo de la Monarquía, como el de la bandera
rojigualda, y el escudo, quisieron conservarlos los herederos del
franquismo a capa y espada, como talismán de los vencedores,
frente a la bandera tricolor y el régimen republicano, y de
aquellos barros vinieron estos lodos.


Personajes de mente demasiado abierta, los extremos
siempre se tocan, pregonan que la antigüedad de la dinastía
borbónica, iniciada en España en el 1700, es en sí misma una
garantía de estabilidad institucional, cuando la trayectoria de los
borbones no ha podido ser más apátrida y carente de cuajo,
siempre que venían mal dadas, o huían al extranjero con todos
sus pertrechos, como en la primera y segunda repúblicas, o
ponían sus destinos en manos de dictadores como los generales
Martinez Campos o Miguel Primo de Rivera, una trayectoria muy
poco edificante para presentar como curriculum en un Concurso
a la Jefatura del Estado, en un país democrático.

Ante el fiasco del Rey Emérito, los prohombres de la Patria,
es decir, la Iglesia, el Ibex 35 y sus acólitos, han salido raudos a
socorrer a Felipe VI , presentándonos como el paradigma de la
inteligencia, la conducta ejemplar, y del buen hacer, sabedores
que representa el último eslabón de la cadena que habla de
privilegios, de complicidad y recíproca ayuda. Hoy por ti, mañana
por mí.

No es casual, que aprovechando su status, el actual
monarca conserve y extienda sus contactos con la bóveda
económica, como Villar Mir, Florentino Perez o Amancio Ortega,
por poner algunos ejemplos, según admitió el antiguo jefe de
prensa de la Casa Real en una entrevista de la EITB, y elija sus
amistades entre la jet set madrileña, sea el compiyogi Lopez
Madrid, procesado en cuatro sumarios de corrupción, y oficiales
de alta graduación con los que coincidió en la Academia Militar
de Zaragoza, asegurándose así el apoyo de los poderes
económicos y militares, cuando la adversidad haga acto de
presencia.


La pretendida estabilidad institucional no es más que la
conservación de los privilegios por parte de todos ellos, un
mensaje envuelto en bandeja de plata, para que infunda respeto
y notoriedad. Las últimas apariciones públicas de Felipe VI
hablando de la renuncia a la herencia, o del coronavirus, han sido
todo un poema, un insulto a la inteligencia, antes, durante y
después del año de indulgencia, me trae a la memoria cuando
entonaba la melodía infantil de "vamos a contar mentiras
tralará". Sin la Monarquía, no se pierde el País, solo se pierde un
Rey. Que difícil resulta esconderse del tiempo, Alteza.

La democracia tiene el reto de arrebatar a los fantasmas del
pasado, las ganancias que obtuvieron en las negociaciones de la
transición, y que pone en valor la democracia, echando mano de
la legalidad constitucional, también del ruido de las cacerolas, y
una vez que huya despavorido el coronavirus, de las
movilizaciones ciudadanas, y conseguir que la mayoría de sus
Señorías meneen el trasero del asiento para aprobar la
convocatoria de un referéndum consultivo.