Bernard Etxepare y la Mujer

04.05.2020 | 20:03

En este ya largo periodo de confinamiento, debido a poderosas razones sanitarias, a algunos nos ha dado por releer libros que leímos, con mayor o menor detalle, hace muchos años y que querríamos ahora, con mayor sosiego, volverlos a leer. Tal ha sido en este caso mi relectura del mítico texto "Linguae Vasconum Primitiae", de Bernard Etxepare.
En efecto, este libro, publicado en Burdeos en 1545 por el citado autor, nacido en la merindad de Ultrapuertos, comarca de Garazi, del Reino de Navarra, constituye, como es bien sabido, el primer libro publicado en euskera, lo que le da un especial atractivo que trasciende lo meramente bibliográfico y viene a significar la aparición orgullosa de nuestro idioma en la gran plaza de las lenguas literarias. Nos cabe, además, a nosotros los navarros el inmenso honor de protagonizar este feliz empeño. El autor, Bernard Etxepare, además de nacido en la Baja Navarra, ejerció como cura rector de la iglesia de San Miguel de Eiheralarre y después de la parroquia de Donibane Garazi, (Saint Jean Pied de Port).
Es relevante mencionar cómo el libro, del que se conservó solo un ejemplar, ha llegado a nuestro poder. El hecho se debe al requerimiento por parte del rey de Francia, Francisco I, hermano de la reina Margarita de Navarra, a principios del siglo XVI, de que todos los autores de textos que se publicaran en sus dominios a partir de 1536, deberían enviar un ejemplar a la Real Biblioteca. Tras diversos avatares, entre ellos la Revolución Francesa, el libro recaló en la Biblioteca Nacional de Francia. Allí lo encontraría, en 1847, según Xabier Kintana, secretario de Euskalzaindia, el bibliófilo F. Michel Brunet, quien, al advertir su singular valor, lo dio a conocer. Después se reimprimió en diversas ocasiones, siendo objeto de múltiples traducciones, así como de varias tesis doctorales.
Sobre el contenido del libro diremos sucintamente que es un texto versificado con estrofas de quince sílabas sobre diversos temas: doctrina católica, oraciones y cumplimiento en general de los Diez Mandamientos y otros de naturaleza profana, con especial énfasis en asuntos amatorios de tono más o menos subido, en algunos casos.
Esta inclinación del buen cura por los temas amorosos pudo haber sido la causa de la escasa difusión del libro al haber sido probablemente considerado por las autoridades eclesiásticas como motivo de escándalo para los fieles. Este tipo de relatos por parte de clérigos no eran totalmente desconocidos en el pasado. Recuérdese al famoso Arcipreste de Hita y su obra "El Libro del Buen Amor" del S. XIV y los antecedentes del "Heptamerón", de la reina Margarita de Navarra, o "Los Cuentos de Canterbury" de Chaucer, entre otros.
Si bien es obvio que la mujer es protagonista y objeto de toda la temática amorosa ya citada, hay un capítulo, el III, titulado "En defensa de las Mujeres" que merece especial comentario. El mismo se inicia por dos estrofas: "¡Por mi vida!, no habléis mal de las mujeres; si los hombres las dejaran en paz, no obrarían mal". Sigue la composición poética con su tono apologético, animando a los hombres a hablar bien de ellas, pues al fin todos nacemos y somos criados por ellas. Tras esa verdad incuestionable, pasa el clérigo a insistir en el tema, aduciendo razones de tipo práctico, pues todos "precisamos a diario de su ayuda para comer y vestir, o sea tanto en la salud como en la enfermedad. La casa las necesita, asimismo, pues "donde falta la mujer ni el marido ni la casa están nunca aseados" y concluye su defensa diciendo: "¡Las necesitamos sin duda a todas horas!
Aborda el vate, a continuación, el tema de la violencia doméstica, tomando partido sin ambages por la mujer, por buenas razones: "lo malo procede siempre del lado de los hombres, ¡hay mil hombres malvados por una mala mujer! . Su carácter eclesiástico se refleja en el verso que alude a la Virgen: "Dios ama a la mujer más que a todo el mundo. Bajó del cielo por estar enamorado de una€por ello todas las mujeres son dignas de elogio". Termina su encendida defensa de la mujer con expresiones tales como: "la mujer se me antoja llena de dulzura, un algo muy delicado entre todos los regalos", ensalzando su abnegación en tonos tales como: "Aunque la hiera con un dardo en mitad de su cuerpo, no chista media palabra ¡ni que fuera un ángel!". Estos elogios tan superlativos, vienen, sin embargo, entremezclados con alguna estrofa escabrosa, en la que canta explícitamente los encantos del sexo.
Llegados a este punto nos podríamos preguntar si nos hallamos ante un autor del siglo XVI precursor del feminismo, tal y como hoy lo entendemos, de defensa de los derechos e igualdad efectiva de la mujer en todos los ámbitos de la vida social. La respuesta obvia es negativa. Etxepare es un hijo de su época, una mente práctica y agradecida a la dedicación e importancia de la mujer en muchos aspectos de la vida, su abnegación y virtudes tan escasamente reconocidas frecuentemente.
Con los aciertos religiosos y literarios del autor y su énfasis en los temas amorosos, bastante alejados en algunos casos de sus ocupaciones pastorales,"Linguae Vasconum Primitiae" constituye, a no dudar, un exponente temprano de la viabilidad y fuerza del euskera como lengua literaria. Precisamente respecto a su calidad literaria ha existido enconada disputa, según nos indica, de nuevo, Xabier Kintana: "a causa de unos criterios estéticos y moralistas que hoy calificaríamos de muy estrictos y excesivamente puritanos, Etxepare ha permanecido durante bastante tiempo menospreciado e injustamente relegado. Si bien autores como Schuhardt, Julio Urquijo o Pierre Lafitte no lo valoraron positivamente, destacando únicamente su valor linguístico, otros, como Luis Michelena, Villasante, Aresti, Sarasola, Altuna o Lete, hacen resaltar también sus nada desdeñables méritos literarios".
Es emocionante, de todos modos, poner en valor el entusiasmo de Etxepare por el euskera, en estrofas como las del Canto XIV, "Contrapas":
"¡Euskara, Sal fuera! El país de Garazi ¡bendito sea! El ha dado a la lengua vasca, el rango que le corresponde. Euskara ¡Sal a la plaza, al mundo! ¡Sal a bailar!"
Un loable intento, el de Bernard Etxepare, de difundir y normalizar nuestra lengua

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