Encantado de volver al Teatro Gayarre, que, como dice, “es la hostia”, José Sacristán (Chinchón, 1937) escribe, dirige e interpreta 'El hijo de la cómica', un pedazo de la vida de Fernando Fernán Gómez. La del niño, adolescente y joven que fue y la de las personas que le rodearon y “los tiempos que le tocó vivir”. A sus 88 años, Sacristán agradece la fidelidad que siempre le ha mostrado el público y gira por provincias con ilusión.
El año pasado nos visitó con ‘La colección’, de Juan Mayorga, y en 2023 con ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, de Miguel Delibes. Ahora llega con ‘El hijo de la cómica’, basada en las memorias de su amigo Fernando Fernán Gómez. ¿Por qué apuesta por esta obra en este momento? ¿Es cuando se ha sentido preparado para hacer este homenaje?
–Hace ya tiempo, en el año 2021, cuando Fernando hubiera cumplido 100 años, hicimos una lectura dramatizada de un texto parecido. Y yo ya hace tiempo que vengo dándole vueltas a la posibilidad de que la gente conozca quién era el niño Fernán Gómez. El niño, el adolescente y el jovencito Fernán Gómez no era el hombre que gritaba ‘¡váyase usted a la mierda!’ Con esta obra me interesa, sobre todo, transmitir a la gente lo que a mí me pasaba cuando él me contaba cosas de su vida, de su familia y de los tiempos que le tocó vivir.
¿Ha intentado corregir de alguna manera ese recuerdo que existe en el imaginario colectivo del mal genio que gastaba, mostrando que había mucho más detrás de esa fachada de hombre gruñón?
–No, no. No pretendo desmontar nada; simplemente quiero informar, contar, narrar la historia de este crío y que cada uno saque sus conclusiones. Además, yo sé que Fernando cuenta con el respeto y la admiración de un montón de gente y que esto de su carácter es un tanto anecdótico. Creo que, por encima de todo, predomina el respeto, la admiración y el cariño a su trayectoria, no sólo como actor, sino también como dramaturgo, director, escritor, novelista... En fin, es que lo hizo todo y todo lo hizo bien. Así que soy consciente de que la gente conoce y respeta la figura de Fernando, pero lo que no sabe de él es la peripecia de su infancia y su adolescencia y la de la gente que le rodeó en aquellos tiempos.
“No es que vislumbre el final de mi carrera, es que vislumbro el final de mi vida; sé en que fase estoy, pero será la madre naturaleza la que decida”
¿En ese Fernando niño, adolescente y joven estaba ya la esencia, ese fuego que tenía dentro?
–Sí, estaba ahí. Se nota en sus manifestaciones, en sus aproximaciones a una gente y no a otra, a unas ideas y no a otras. Hombre, decir que desde crío era un genio igual es demasiado, pero sí está claro que desde niño ya tenía una singularidad. Para empezar, hay que tener en cuenta que su padre no le reconoció. Nació en Lima, le inscribieron en Buenos Aires, vivió más con su abuela que con su madre, que casi siempre estaba de gira. Esta infancia le hizo mirar la vida de una manera que luego se explica o se cuenta en sus obras.
Tanto sus obras como sus memorias también son un repaso por la España de esa época, un ejercicio de recuperación de la historia colectiva.
–Sí, en sus textos también hay imágenes que ilustran acontecimientos que, por así decirlo, interrumpieron la historia del crío. Hechos como el golpe de Primo de Rivera, la proclamación de la República, la guerra, la posguerra, todo.
En ‘El hijo de la cómica’ resalta el papel que jugaron las mujeres en su vida, sobre todo su abuela y su bisabuela.
–Es que jugaron un papel fundamental, sobre todo la abuela, la costurera Carolina Gómez, que le crio, y a través de la cual tuvo noticia de la bisabuela, Fernanda López, la Rubia. De esta hemos hablado mucho porque era de Valdelaguna, a un pueblo al lado del mío, Chinchón. Y bueno, había muchos parecidos o paralelismos de recorrido, de trayectoria, de afectos entre los suyos y los míos.
¿Qué unió a Fernando Fernán Gómez y a José Sacristán?
–En un principio fue Emma Cohen, que un día vino y me dijo ‘estoy harta ya de que Fernando me hable de ti y de que tú me hables de Fernando. Los dos sois unos tímidos de mierda’ (ríe). Es que ya habíamos coincidido en el trabajo... Y, lógicamente, a mí Fernando siempre me pareció un ejemplo a seguir. Yo siempre he dicho que estoy en primero o en segundo de Fernando Fernán Gómez y que el camino a seguir era él. Mi meta a alcanzar. Estaba más convencido conforme le veía en el teatro y en las películas. Indudablemente, era el actor a quien más admiraba.
¿Es consciente de que le pasará lo mismo, que se ha convertido en referente y ahora habrá quien esté en 1º o 2º de José Sacristán?
–Bueno... Sí, es posible, pero no tengo esas pretensiones, aunque si de alguna utilidad es el ejemplo que yo pueda dar, pues bien. Siempre he procurado no hacer demasiadas estupideces, ni nada que traicione unos principios en los que creo; en fin, practicar una serie de cosas que lamentablemente hoy están un tanto amenazadas. Pero esa sería otra entrevista.
De hecho, vivimos unos tiempos en los que escuchar es un verbo que no se practica mucho y siempre ha dicho que mientras Delibes le enseñó a mirar, Fernando Fernán Gómez le enseñó a escuchar.
–Nunca se ha practicado mucho lo de que unos hablen y otros escuchen. Ha habido y sigue habiendo demasiado atropello. Ojalá se diera más lo de escuchar. De todas maneras, tampoco viene mal que algunos mantengan la boca cerrada antes de pronunciar una sola palabra. Hay mucha necedad, como la ha habido siempre. Esto no es nuevo.
Sin escuchar, el diálogo es imposible. Al final parece que hemos convertido la conversación en una sucesión de monólogos.
–Sí, hay mucha gente que se niega terminantemente simplemente a atender y conocer qué es lo que puede pensar u opinar el otro. Insisto en que esto, lamentablemente, no es nuevo. Ahora nos damos más cuenta de lo que sucede en la vida pública porque recibimos más información; por eso somos conscientes de este despropósito.
Un despropósito nada edificante, no hay más que ver las sesiones y comparecencias diarias y semanales de nuestros políticos.
–Sí, pero a mí el miedo que me da es que nos representan. Cuando el político es soez, vulgar, ordinario y vasto, sabe que tiene un público que le aplaude; es consciente de que hay mucha gente ordinaria y soez.
¿Y entiende algo de esto, que haya gente que aplauda estas opiniones y comportamientos? Se supone que habíamos evolucionado.
–Esto pasa desde hace mucho tiempo; ten en cuenta que la gente aplaudió a Stalin, a Mussolini y a Franco y le siguen aplaudiendo. Y hay quien aplaude a Donald Trump, a este energúmeno, a este fantoche. A este tipo que funciona como en la guerra de Gila. Lo de este hombre es asombroso. Ejerce el poder con una desfachatez y con las más absoluta de las impunidades y no pasa nada... Bueno, pasa que mata a personas, pero hay mucha gente que aplaude eso también.
En ‘El tiempo amarillo’, volumen que recoge las memorias de Fernán Gómez, ya hablaba de la política española como un ejercicio de enfrentamiento constante. Y hoy lo volvemos a ver, no cambiamos. ¿No le parece frustrante?
–Pero es así. Fíjate, solamente, en lo que está pasando con este ejemplar de humano, más bien inhumano, que se llama Netanyahu. O mira ahora al señor Milei en Argentina, negando el estropicio monumental de hace 50 años. Este hombre está relativizando todo aquello y le han votado, ojo, porque le han votado.
También aquí se vota a la ultraderecha. Qué poquito tiempo ha pasado desde la Transición para que vuelva a sacar la cabeza.
–Pues así es la cosa. Aunque a mí me da la impresión de que esto tiene algo de gaseosa; no creo que sea de muy largo recorrido. Confío en eso, o, al menos, tengo esa esperanza. Es que esta tropa de Vox hasta ahora no ha mostrado ninguna capacidad de gobierno, ninguna. Todo lo que hacen es negar lo que ocurre.
¿Si esa gente sobresale sin disimulo no será porque hay otros que se mantienen en silencio? ¿Dónde está la izquierda?
–No te sé decir. Mira, la izquierda más torpezas no puede cometer. Realmente es estrepitoso el fracaso de la izquierda, sobre todo de la que está a la izquierda del PSOE. En un momento dado, los Podemos podían haber gobernado; de hecho, han gobernado, pero es que hubo un momento en que podían haber sumado más voto que el PSOE y mira dónde están ahora. Y mira también dónde está Ciudadanos. O vamos a ver lo que ha pasado en Castilla y León... Lo de la izquierda de la izquierda es para cortarse las venas. Yo me sigo considerando un hombre de izquierda, pero no, joder, así no.
Se divide constantemente como las células.
–Comete un error tras otro, un personalismo tras otro, una impaciencia inútil tras otra. Es lamentable. Todo es pronunciamiento, gesto, bandera, causa, eslogan... Y en la práctica, una inutilidad total.
Como comentábamos, en ‘El hijo de la cómica’ también se habla de cómo vivió Fernán Gómez la guerra, la posguerra, las dificultades que tuvo. ¿Hasta qué punto es importante que no descuidemos la memoria, que no olvidemos lo que sucedió hace no tanto en este país?
–Pues muy importante, claro. Estos muchachos jóvenes que hablan de que no les importaría vivir en una dictadura no tienen ni puta idea de lo que es. Ni la más remota idea. Sorprende y desagrada y jode. A mí, con los años que yo tengo, te puedes imaginar lo que me pasa por el cuerpo al pensar en estos chavales. Sorprende, desagrada y jode. En fin... Es un tema que nos daría para 200 entrevistas como mínimo.
De todos modos, es optimista porque cree que esta tendencia tendrá poco recorrido.
–Sí, lo creo. Ya la señora Meloni ha tenido un revés en Italia, y en Francia la izquierda ha conseguido remontar. Vamos a ver qué pasa. Tengo muchos años, pero me cuesta trabajo mirar para otro lado.
Precisamente, tanto Fernando Fernán Gómez y José Sacristán han destacado siempre por su honestidad. ¿Han pagado un precio por ello?
–Joder, es que no cabía otra cosa. Yo no he pagado un precio, al menos que yo sepa. A mí me contrató mucha gente cercana al régimen y no tengo noticia de haber sido víctima o sujeto de persecución o de acoso por mi manera de pensar. Sé de gente que no me tiene ninguna simpatía y que quizá no me contrata por eso, pues muy bien; pero, aunque suene soberbio por mi parte, estoy contento y satisfecho de contar con la fidelidad de un buen número de personas que siguen mi trabajo y lo que yo represento y que me permiten hacer obras como El hijo de la cómica, entre otras cosas.
“El niño, el adolescente y el jovencito Fernán Gómez no era el hombre que gritaba ‘¡váyase usted a la mierda!, y quería que la gente lo supiera”
Va a celebrar con nosotros el Día del Teatro. ¿Habiendo transitado por distintos medios, qué es el teatro para José Sacristán?
–Es un ejercicio más, un medio más. Ahora es el ideal para mí porque los tiempos de la televisión y el cine ya me incomodan mucho. Hay que madrugar, son muchas horas... Aunque sigo respetando y amando profundamente la cámara, el teatro es el sitio donde puedo hacer lo que quiero con 4 o 5 personas. Y sé que cuento con la fidelidad de un número de gente que viene a verme y me permite seguir así. Aparte de eso, no soy de los que sacralizan o jerarquizan ni siquiera un género sobre otro. Hacer una comedia en televisión es tan difícil como un Sófocles en el teatro.
¿Y vislumbra el final de su carrera, como le dijo a Carlos González, compañero del Diario de Noticias de Álava?
–Bueno, es que vislumbro el final de mi vida. Tengo 88 años, no voy a hacer ahora la primera comunión... Indudablemente estoy en la fase prefinal, por supuesto, pero de momento ahí sigo.
¿Será esta su última obra?
–Ahí, es la madre naturaleza la que decide.