Probablemente estamos mirando demasiado hacia otra parte, pero el ruido y el asco que vienen de allí reclama una atención excepcional y molesta para nosotros, pobres mortales de este lado del charco, acribillados por problemas mucho más cercanos que se quedan a veces en segundo plano, alucinados que estamos de lo que hacen aquellos bárbaros, que lo son. Entre los relatos del horror de estos tiempos está el caso Epstein, un asunto turbio y espantoso, del que nos llega poco, y más vale. Solo hace falta un minúsculo conocimiento de la historia para sacar conclusiones indiscutibles.

Jeffrey Epstein fue un magnate financiero neoyorquino descubierto como el depredador sexual más conocido de su país. Junto a su pareja, Ghislaine Maxwell, “aprovechó su estatus para crear una red de prostitución con la que él y sus asociados violaron al menos 1.000 niñas y mujeres”, afirman los medios. En 2019, ya condenado y en libertad condicional, volvió a ser arrestado por tráfico de menores y abuso sexual. Un mes después, mientras esperaba ser juzgado, se suicidó ahorcándose en su celda, una versión oficial ahora discutida por algunos forenses.

Entonces, empezando por el principio, si se acude a una fiesta invitado por un monstruo de este tipo, o te han engañado –imposible en ese mundo– y has caído en una salvajada que conduce al vómito y obrarás en consecuencia denunciando y señalando al bicho, o has asistido con todos los datos en la mano. Si las amistades de Epstein fueron entabladas con hombres y mujeres situados en las esferas del poder, está claro que la información les sobraba, que no hubo sorpresa. Que sabían a dónde iban. A qué.

Y llega la segunda parte de la película. Si ha habido participación en estas ceremonias abominables, hay intervención –con la que cercanía que sea– en delitos horrendos de los que, además, abunda la documentación porque al tipo éste le estuvieron investigando antes de su detención y existe material de su propiedad que ahora aparece –la desclasificación de documentos analizados en el Congreso de Estados Unidos con fotografías e emails incluidos, por ejemplo–. Donald Trump, miembros de la realeza europea, como el príncipe Andrés, entre otros, también diplomáticos y apellidos sonoros de la política española, surgen vinculados a este hombre.

Salvo en el Reino Unido, donde la aparición en la trama del primer ministro Keir Starmer ha desatado una crisis institucional, aún circula este asunto con sordina por los medios de comunicación cuando el escándalo es monumental y repugnante y en donde queda claro que el personal con dinero y poder continúa haciendo lo que quiere cuando no hay escrúpulos. Como para seguir mirando hacia allí, hasta que se nos atragante la primera arcada. ¿Va a pasar algo o los malos se vuelven a escapar? Esto es indecente.