Mesa de Redacción

Juegos de guerra

07.02.2020 | 17:41

De niños jugábamos a la guerra. Un barrio contra otro. Metralla de pedradas, infantería de palos y pies para qué os quiero. El objetivo estratégico podía ser la toma al asalto de la cabaña del enemigo: botín y destrucción. A veces, en medio de la batalla, aparecía una madre uniformada con el delantal doméstico, disparaba cuatro gritos al aire y había que capitular. Las razones ni se preguntan. No había prisioneros pero sí castigos sin juicio previo. La paz se imponía. Y punto. Aquella guerra era una adaptación infantil de las viñetas de Hazañas bélicas en la que todos éramos el héroe que habitaba en nuestras cabezas y los malos siempre eran los otros. Cosas de la edad. La guerra ya había dejado de ser un juego cuando los libros comenzaron a hablarnos de las contiendas mundiales, la I y la II, con esta simbología romana, como si la enumeración fuera el presagio de la III y la IV. Después, la curiosidad, la necesidad de saber más o novelas como La caída de los gigantes, de Ken Follett, descubrieron toda la crudeza del conflicto que regó de sangre Europa entre 1914 y 1918 con millones de cadáveres, con soldados enviados al sacrificio por políticos y militares que jugaban a la guerra desde sus despachos. Pasó hace cien años. Nadie preguntó a las madres.