Mesa de Redacción

I can't breathe

08.06.2020 | 00:57

nadie nace racista, ni siquiera Trump. Pero si ha llegado a la Casa Blanca es porque hay muchos, demasiados, tan xenófobos o más que él. Ese segregacionismo aprendido tiene hoy su traslación en las cárceles, pues la población reclusa negra quintuplica a la blanca en Estados Unidos cuando la ciudadanía afroamericana apenas representa el 15% del total. Tal desproporción se asienta en una flagrante desigualdad de oportunidades en el contexto de una violencia estructural contra la comunidad negra también arraigada en la Policía y potenciada por la presidencia de un sujeto comprensivo con el Ku Klux Klan y con el esclavismo abolido por Lincoln en 1865. Sin llegar a los extremos de Estados Unidos, en Europa asistimos a una creciente propagación de los tics racistas inoculados por los movimientos ultras. No hay mejor antídoto que compaginar la denuncia de esas actitudes xenófobas con la integración de los colectivos estigmatizados, potenciando la red educativa en su conjunto como palanca de mutuo conocimiento primero y de respetuosa convivencia después. Los blancos que desde tiernos infantes nos tratamos con negros en un entorno sin apriorismos, en mi caso gracias al baloncesto, sabemos que la mezcla diluye los eventuales prejuicios y que el tono de la piel constituye solo una más de las diferencias interpersonales, como la tenacidad, la inteligencia o la simpatía. En honor a José, Gustavo, Desi y tantos otros, compañeros y rivales en la pista, diré que en cuanto a capacidad física sí que no hay color. Y en su favor. I can't breathe.

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