Los gobiernos y las direcciones de los partidos políticos, cuando toman decisiones o evalúan sus consecuencias parecen sustentarse en verdades absolutas. Así mismo se comportan cuando elaboran y difunden sus programas electorales o cuando idealizan sus respectivas ideologías, convencidos de que responden a verdades inamovibles. Sin embargo, el resultado electoral del 20 de diciembre ha puesto a todos los partidos frente a la realidad, que obstinadamente todo lo relativiza. El discurso político con el que se pretende percibir e interpretar la realidad y, por ende la verdad, es equívoco, ambiguo e incierto. El lenguaje político alude a la realidad, juega con ella, la significa, pero este juego es independiente de la verdad en sí misma, pues tan sólo logra representarla de forma sesgada. Es decir, no desvela la verdad, la impone bajo criterios estrictamente antropológicos.
Si bien es cierto que la racionalidad moderna se constituyó sobre el modelo de evidencia matemática, no deja de ser sugestivo que los primeros indicios de crisis de la razón aparezcan en el ámbito de las matemáticas. En 1920 Lukasiewicz formuló un cálculo trivalente, donde junto a verdadero y falso demostró la posibilidad de lo que no es ni verdadero ni falso, rompiendo con el sagrado principio lógico del tercero excluido. Gödel, en 1931, demuestra mediante sus dos conocidos teoremas que dentro de cualquier sistema lógico siempre hay preguntas que no pueden responderse con certeza, contradicciones que pueden surgir y errores inevitables. Ambos teoremas asestan un duro golpe al logicismo que pretendía fundamentar la verdad absoluta, abriendo de manera irreversible el camino de la indeterminación y la relatividad, lo que nos sitúa en la antesala de la crisis de la filosofía política en su irrenunciable vocación de fundamentar la verdad. Heisenberg, tras dar a conocer el principio de incertidumbre, concluyó que ninguno de nuestros cálculos será jamás exacto ni totalmente predecible. Conviene citar también la cuestión que suscita la máquina de Alan Turing, filósofo y matemático londinense que construyó un modelo de computador que le llevó a afirmar que existían problemas que una máquina no podía resolver. Derrida, mediante la deconstrucción del lenguaje, subvierte la concepción convencional de los discursos, mostrando la relatividad, la incertidumbre y, en definitiva, el inevitable descarrilamiento del lenguaje, que afecta inevitablemente al discurso político. La ideología está, por tanto, nutrida por dogmas y por multitud de equívocos que sacuden la supuesta certidumbre del discurso, por lo que el lenguaje político no es un lugar seguro, ya que está sujeto a una carga importante de ambigüedad, equivocidad e inestabilidad. En la comunicación política, por tanto, anidan importantes limitaciones y un determinado desorden que socavan el entendimiento. Wittgenstein añade que en las diferentes prácticas lingüísticas se usan palabras sin respetar el convencional criterio empirista del significado. Es decir que se aplican reglas diferentes, todas legítimas, según el ámbito discursivo, reglas que no son instituidas racionalmente, de tal suerte que la pluralidad de usos afecta necesariamente a la construcción de la ética y de las ideologías. Feyerabend llega a la conclusión de que la verdad de las teorías políticas es indemostrable, en la medida en que no es posible fundamentarlas objetiva e inequívocamente. Los electores, por tanto, están condenados a elegir propuestas que intrínsecamente no pueden ser verificadas, por lo que hay que contentarse con la validez provisional de las mismas. Existe voluntad de conocer la verdad, de proponer proyectos sugestivos que oferten mayor justicia y libertad, pero cualquier teoría triunfante no es un proceso de acercamiento progresivo a la verdad absoluta, sino que cuando una verdad alcanza su mayor validez, ésta es relativa y circunstancial, por lo que lleva implícita su probable fecha de caducidad. No hay hechos, sólo interpretaciones, nos viene a decir Foucault. Lo característico del conocimiento político no es, pues, su capacidad para aprehender la verdad, sino su poder para imponer y producir ideologías, que pretenden legitimar su práctica política en un proyecto a realizar en un futuro, pero, obviamente, no hay ninguna garantía de que realmente suceda, por lo que no hay razón suficiente para privilegiar un proyecto político sobre otro.
En fin, a partir de la tradición filosófica considerábamos que la verdad era la adecuación o concordancia entre el pensamiento y la realidad, sin embargo hoy sabemos que tan sólo disponemos de una representación simbólica o discursiva de la realidad que es, al fin y al cabo, el fundamento de la única verdad a la que podemos aspirar. De este modo se derrumba la idea de una verdad absoluta, por lo que de lo máximo que disponemos es de verdades relativas. En la actualidad, Occidente se mueve en unas coordenadas cientificistas y pragmáticas que se aferra solamente a aquellas verdades relativas que están basadas en la evidencia, esto es, en pruebas. Lo cual conlleva un retroceso cada vez mayor de las creencias en las que se sustentan los grandes relatos humanistas. Y ante esta realidad, sobra la arrogancia, la vehemencia y la confrontación política radical, que debe dejar paso al diálogo y al consenso.
El autor es presidente del PSN-PSOE