solo se plantearon una posibilidad, la de “sin nosotros, el caos”. Tantos años de ordeno y mando, no podían imaginar que algún día se les desordenaría el plan. Y anunciaron a los cuatro vientos que venía el caos. Pues va y no ha venido, la ciudad sigue viviendo su normalidad, con sus más y sus menos. Los nuevos mandatarios van planteando y tanteando soluciones, experimentando nuevas formas, ensayando cambios de escenario y de ambiente social y cultural, implicando a sectores hasta ahora olvidados o considerados puro objeto sobre el que actuar verticalmente por parte de anteriores administraciones. El caos solo se ha instalado en las mentes de sus anunciadores: son sus mentes ahora las caóticas.
Pero, ya que no ha venido de por sí, tratan de que se produzca tal caos, la parálisis de la vida ciudadana. Tratan de hacer imposibles e infructíferas las sesiones de trabajo, no solo en los Plenos, sino sobre todo y de manera más obtusa en las comisiones. Si el espectáculo que acostumbran a dar en los Plenos, abiertos y filmables, ya es lo bastante significativo, el clima que intentan crear en las comisiones, cerradas y sin cámaras, es, al parecer, única y exclusivamente obstruccionista, sin respeto a los turnos de palabra al más puro estilo de las tertulias basura televisivas (¿o televisionarias, habría que decir?), con interrupciones sin otro objeto que romper el ritmo de los debates e impedir la toma de decisiones, sin apenas propuestas alternativas y sin el menor ánimo de proponer mejoras a los diferentes proyectos. No es tanto el que no lo sepan hacer, no es tanto el que no van aprendiendo a ser oposición, es mucho más el esfuerzo cerril por hacer que llegue el caos que anunciaban, la parálisis de la nueva administración municipal. Es seguir remachando la estrategia que se marcaron desde el principio.
No era esa la cultura política de la oposición en años anteriores: la oposición de izquierda y de progreso, por más que fuera sistemáticamente ninguneada por los mandatarios inamovibles de entonces, planteaba sus alternativas, aportaba sus ideas en los debates y, ante la inutilidad de sus esfuerzos en el día a día institucional, trataba de hacerse ver en la calle, convocaba y/o participaba en manifestaciones que hacían visibles la necesidad de otras soluciones, las inquietudes sociales, culturales, urbanísticas, etcétera. Manifestaciones de más o menos calado, de más o menos éxito participativo, pero siempre maneras de plantear exigencias no atendidas desde aquella administración. Esta nueva oposición, en cambio, no puede jugar esas bazas, va contra su cultura política el involucrar a las gentes en sus propuestas, y, sobre todo, no tiene propuestas constructivas con las que involucrarlas. Solo es capaz de movilizar a sus incondicionales en temas icono para la derechona, en temas puramente ideológicos e identificados con sus vísceras.
¡Qué no daría uno por aprender algo de esta oposición, por ver grabaciones de sus representantes en el ejercicio de su labor!