La ultraderecha y sus afines

08.02.2020 | 13:49

en Andalucía, el nuevo año comienza con una inquietante y regresiva pretensión que el PP, Cs y Vox aspiran a extender al resto del país. Guiados de una ideología rancia y un encefalograma sin relieve, pretenden establecer un nuevo orden en el que peligra casi todo. El pasado año, mientras gobernó el PP, los artistas, humoristas, rockeros, raperos, agnósticos, ateos, el grupo Femen y todas esas gentes tuvieron que ingeniárselas para burlar la ley mordaza sin apenas correr peligro. Y en ese plan.

Aún puede ser peor. Si se expanden, nos dejarán acojonados, pues esta España democrática que conocemos no será la misma. Como lo leen, se lo cuento. O sea, que Tejero, el que entró a tiros en el Congreso de los Diputados, tras muchos años y pico, puede retornar, si no él en persona, sí sus asonadas y pronunciamientos preconstitucionales. Vamos, que el país puede volver a ser la reserva espiritual de Occidente, antes conocida como fascismo eterno. Volverá el culto a la tradición que alegóricamente contiene una verdad primitiva e incontestable, a la que habrá que aferrarse, pese a su indescifrable mensaje. Volverá la desconfianza hacia la ciencia, la filosofía, la cultura y la tecnología, pues encierran serios peligros, tras los que se esconden los príncipes del mal. Y volveremos a estar todos en libertad condicional. Se acabarán, en consecuencia, los debates y las desavenencias, pues para la ultraderecha, el desacuerdo es traición. Su temor a la diferencia nos llevará al racismo, a la xenofobia, a la homofobia y a la transfobia. Volverá el desdén hacia las mujeres, además del rechazo, aplaudido por la Iglesia católica, de la ideología de género. O sea, que cuando el machismo parecía chatarra para desguace, Vox y sus afines de la derecha le devolverán todo su esplendor. Orwell inventó la neolengua en 1984, la ultraderecha simplificará el castellano, basándolo en un léxico pobre y una sintaxis elemental que impedirá el pensamiento crítico. Las lenguas cooficiales serán traducidas al castellano, por lo que no será necesario su uso. Decaerá el auge de los animalistas, ese movimiento romántico que pretende centrar su esfuerzo en la salud de los animales, por lo que los jabalíes, las perdices y el estúpido pato azulón serán víctimas de la caza, corriendo un serio peligro de extinción. Se salvarán las corridas de toros, además de su exquisito estofado, gracias a la encomiable labor de Morante de la Puebla, un torero sin complejos. Y los enfermos mentales, redimidos por Woody Allen, ya no podrán pasear sus desazones freudianas sin necesidad de tener que descifrarlas como una combinatoria de fantasmas inconscientes, ya que retornarán los manicomios disciplinarios y multiuso que criticó Foucault, otrora cerrados por los socialistas. En definitiva, la derecha, con zapatos de Guy Laroche y corbatas surrealistas con un Dalí anudado al cuello, parece dispuesta a parodiar una nueva cruzada nacionalcatólica, una reconquista donpelayesca que expulse o convierta a los infieles, esto es, a los rojos y nacionalistas. Y así el país reconquiste no solo las autonomías, sino también su vitalidad económica, aunque siga hambrienta de reparto y empleo. Además la España, sumida en una contienda secesionista e invertebrada, volverá, impasible el ademán, al centralismo caudillista que tan iguales nos hace. Y quién sabe si toda esa herencia de corrupción, mafias y cuentas corrientes en paraíso fiscales serán asumidas como algo normal, como una cuestión privada propia de compatriotas solventes.

La ultraderecha española, autoritaria y reaccionaria, vive aferrada al pasado, piensa y vive en el ayer, al que considera urgente rescatar. Es propensa a ejercer una política crispada y rebosante de desprecio hacia el adversario político, al que considera un advenedizo. Y esto acojona. Tiene una concepción patrimonial de lo que es el país, por ello cree que España es un cortijo de su propiedad en el que tienen derecho a gobernar sea como sea. Y lo más inquietante es que hay un fanático en cada rincón, en cada vecindad, en cada tabernáculo, en cada holganza, en cada noche.

Su nueva cruzada, con la momia de Franco como estandarte, parece decidida a resucitar el pasado, poniéndose la irracionalidad por montera y ensañándose contra la izquierda, a la que culpa cínicamente de todos los males que afectan al país. Y es que la prodigiosa facultad de tergiversar la realidad y el tic de la calumnia no tiene cura. Sin embargo, lo más peligroso no es su simpleza, su falta de ideas, su rabia y su cotejada inmoralidad e hipocresía, ni tampoco lo es la metafísica nostálgica de aquel grito espeluznante: ¡se sienten, coño! No, el peligro deviene de la afinidad política que tanto el PP como Cs muestran con su extravagante cruzada, cuyo fin no es otro que alcanzar el poder. En fin, sé que algunos lectores pensarán que estas líneas son un remake de aquel 30 de octubre de 1938, cuando Orson Welles sembró el pánico entre miles de personas, convencidas de que Estados Unidos estaba siendo invadido por un ejército de alienígenas. Por si acaso, piénsense su próximo voto, no sea que una derecha de aluvión, en la que cohabitan falangistas, tardofranquistas, fraguistas, aznaristas, nacionalcatólicos y neoliberales lleguen al poder y en España vuelva a reír la primavera, al paso alegre de la paz.

El autor es presidente del PSN-PSOE, médico, psiquiatra y psicoanalista