A lo tonto, Groenlandia, que es a efectos reales un país que forma parte de un reino –Reino de Dinamarca–, es el 12º país más grande del mundo, con 2 millones y casi 200.000 kilómetros cuadrados. Un tocho 4 veces España con apenas 56.000 habitantes, lo que le convierte en el país con menor densidad por habitante del planeta –para hacernos una idea, en la superficie de Pamplona solo habría 0,65 habitantes–.

Y Trump lo quiere. ¿Para qué? Según él por seguridad de Estados Unidos, que ya tiene una base allá, pero se apuntan más: petróleo, gas natural, tierras raras, para dominar posibles rutas marítimas que nazcan de hipotéticos deshielos y a saber qué razones, razones que no obstante ya le llevaron a mostrar su interés hace años o a su propio país a hacerlo hace 80 años, cuando ofrecieron 100 millones de dólares que Dinamarca rechazó. Pero, visto ahora cómo las gasta Trump y su séquito y visto que no parece que China y Rusia estén por la labor de inmiscuirse en exceso en la zona de influencia de los Estados Unidos –siempre y cuando estos hagan lo propio con las zonas de influencia de Rusia y China, supongo–, es lógico que Europa ande inquieta ante la posibilidad no de una oferta de compra, sino de una invasión por la fuerza en toda regla, lo que resultaría en un ataque de un país de la OTAN a otro país de la OTAN, algo inaudito desde que la alianza atlántica, que se creo para defenderse de Rusia, echara a andar pasada la segunda guerra mundial.

Mientras, en Groenlandia sus mandatarios están ya un poco hartitos de Trump –“Basta de insinuaciones, basta de fantasías”, dice su primer ministro–, pero tras lo de Venezuela la sensación que flota por el globo es que este pirao es capaz de casi todo con tal de cumplir sus pequeños o grandes caprichos sin escaldarse en exceso y sin enfrentarse a otras superpotencias. No sé, yo si fuese ellos no estaría muy seguro de nada.