La otra historia de la ikurriña

09.02.2020 | 21:01

Los hermanos Arana Goiri presentaron en 1895, en Bizkaia, definiéndola con una palabra nueva: ikur, símbolo, ehun, tela, una bandera. Fue de entre las muchas y admirables creaciones de Arana Goiri, un éxito sin precedentes: al cabo de 10 años cruzo las fronteras pirenaicas, se instalo en Iparralde, llegando a ser parte de las banderas locales de Normandía y Bretaña, inserta en el escudo oficial de San Pedro y Miquelon de la colectividad francesa de América del Norte, bandera del Condado de Johnson, Wyoming, USA, representando el aporte vasco a las tareas de expansión social y económica.

El deseo de un pabellón que representara a los vascos era antiguo, hubo banderas anteriores. Encarnando este deseo popular, en su primer paso, en 1894 en Castejón, cuando los nabarros se reunieron para recibir a sus delegados políticos que regresaban de Madrid tras luchar por la no puesta en vigor de la ley del ministro Gamazo que intentaba liquidar el sistema fiscal, resto del Fuero, que mantenía Nabarra. En la alborada magnífica de Castejón, los hermanos Arana Goiri, secundados por sus anfitriones, el euskalerriako Estanis Aranzadi y Daniel Irujo Urra, llevaron una insignia, bordada por la esposa de Aranzazi y hermana de Irujo, Juana, que comprometía a los pueblos vascos en una identificación común. Esbozo de lo que habría de ser la ikurriña.

Lo curioso es que en un pueblo que gusta tanto de polemizar, la ikurriña prende sin grandes contratiempos y en menos de diez años la tenemos ondeando en los centros vascos / eusko etxea de América, especialmente Argentina, Uruguay y Cuba, en este ultimo caso en su famoso frontón Jai Alai. Los vascos expatriados de la 2ª Guerra Carlista se acogen a este símbolo al que hacen nacional, sin distinción del territorio o pueblo en el que eran nacidos. Fue representación de baskonidad con sus alegres y resueltos colores, que incluso pasan a ser parte del vestuario de sus danzas folkloricas, admiradas en América por su singularidad.

La ikurriña permaneció en las eusko etxea después del decreto de oficialidad de 1936 como un emblema domestico de los vascos. En 1939-41, tras la derrota de la guerra y la urgente partida a América a causa de la 2ª Guerra Mundial, los vascos se exilian a América -120 mil personas, según el Gobierno Vasco-, hombres y mujeres de todas las edades: ancianos como la madre de Manuel Irujo, Aniana Ollo, hasta niños, como sus nietos. Lo que es curioso ver, y ahora que se cumplen los 80 años de la entrada de un grupo vasco a Venezuela, es que esas personas acusadas de males espantosos como el separatismo, se dejan fotografiar sonrientes, decorosamente vestidos y en el centro del grupo, extendida, como símbolo de su amor, lealtad y dolor, una ikurriña. Es de reseñar que los vascos, que llegaron en tres barcos a Venezuela, Cuba, Flandes y Bretagne, fueron animados a bajar a tierra firme al son del txistu de Atxurra, hombre insigne que siguió animándonos durante años no solo en el centro, sino en su apartamento, cercano a la avenida Sabana Grande, a la hora del Angelus.

La ikurriña tuvo un momento de gloria y afirmación, en octubre de 1943, en Montevideo, Uruguay. Se promovió una magna reunión de hermandad vasca, en plena Guerra Mundial, de los vascos de Argentina, Chile y Uruguay. Querían demostrar a sus países receptores que a más de ser gente de orden y capacidad de trabajo, así fueron los deportados de las guerras carlistas, eran también poseedores de una cultura rica, de un idioma singular y antiguo, de unas danzas y de un deseo de libertad y progreso. Defendieron la libertad en una Europa militarista con la ikurriña en lo alto de sus montes, al frente de sus gudaris, a la orden de su lehendakari. Se creo la Gran Semana Vasca de Montevideo, país que exhibía una trayectoria democrática ejemplar y favorecía este festejo, presidida por su presidente, Juan José Amezaga. El programa era extenso: coros y bailes, se vistió a las mujeres con trajes de Ronkal favorecedores a la vista por su colorido, se impartieron charlas en la radio y en locales culturales, se expositaron cuadros y se habló de la cocina vasca como un elemento cultural.

Lo más importante de este extraordinario esfuerzo fue que los delegados oficiales de Argentina y Chile, acompañados por los grupos de danza y coro de las eusko etxea, principalmente del Laurak Bat de Buenos Aires, fueron recibidos por autoridades uruguayas en un relevante despliegue diplomático que irritó a las embajadas españolas. El día de la inauguración de la Gran Semana se desplegó por la calle 18 de Julio, vía principal de Montevideo, un desfile de autoridades franqueados por dantzaris. A la cabeza de esa multitudinaria manifestación vasca iba el presidente de Uruguay, y delante de él, abanderados portaban las divisas de Argentina, Chile y Uruguay, y de modo oficial, la ikurriña. Es hito importante porque América, en aquel mundo en guerra, y pese a la simpatía de Argentina al EJE, aceptaba que era la insignia oficial de los vascos. Hasta hoy nos representa en todos los actos oficiales.

La autora es bibliotecaria y escritora