La crisis del coronavirus y la climática

23.03.2020 | 01:09

El avance de la crisis del coronavirus pone de manifiesto el posible impacto más a medio plazo de otra emergencia, la climática, que está cambiando el mundo, así como las deficiencias del sistema en que vivimos.

Ambas crisis comparten unas cuantas analogías. Así, vemos que ninguna de las dos entiende de fronteras, aumentan con el paso del tiempo si no se interviene y pueden llegar a ser letales. Aunque en el caso de la crisis climática, ésta tiene una línea temporal más larga y sus impactos son aún mayores, ya que no sólo afecta a la salud de las personas, sino también a la del planeta.

Un impacto importante y común a las dos es el incremento de las desigualdades que producen, siendo las personas más vulnerables las que se ven más afectadas. Personas con empleos precarios o en situación de desempleo, mujeres, personas mayores, dependientes€ Ninguna de ellas ha tenido la responsabilidad en causar el problema, pero soportan con mayor dureza sus consecuencias.

Otra cuestión importante a tener en cuenta es que estas crisis globales que tienen consecuencias directas sobre nuestras vidas no se pueden atajar exclusivamente de forma individual, sino que requieren de medidas igualmente globales, gestionadas desde la cooperación internacional y con políticas preventivas.

En estos días han aparecido informaciones en que la crisis del coronavirus está permitiendo que haya una caída de las emisiones de gases de efecto invernadero que provocan el cambio climático, y que, de prolongarse, los expertos pronostican todavía mayores bajadas.

Sin duda, los combustibles fósiles –principales responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero– continúan siendo el motor que mueve la economía mundial. Y si la economía para, como ha ocurrido ya en China y en Italia con esas medidas de contención, cae el consumo de energías fósiles y, por lo tanto, también disminuyen los gases de efecto invernadero que se expulsan a la atmósfera. "Una disminución en el PIB se traducirá en una disminución de la cantidad de emisiones de dióxido de carbono", resume Pep Canandell, director ejecutivo del Global Carbon Proyect, un grupo de expertos climáticos internacionales. Canandell apunta a que los datos que hay ahora de reducción de las previsiones de crecimiento mundial indican que este 2020 se cerrará con un descenso de las emisiones respecto a 2019.

La clave es hasta ahora China. Porque es donde empezó la epidemia y porque acumula más de un 25% de las emisiones globales. Un artículo publicado en el medio especializado británico Carbon Brief calculaba una reducción de un cuarto de las emisiones durante el mes de febrero en China. Pero el mismo análisis advierte de que se trata de una caída temporal, y plantea la duda de si ese descenso será compensado o revertido con la respuesta que el Gobierno chino ofrezca a esta crisis.

En efecto, hay que tener en cuenta el llamado efecto rebote en las emisiones. Analizando otras crisis, las grandes caídas del dióxido de carbono han coincidido con los periodos de crisis. Así, por ejemplo, en la recesión global de 2008 se apreció una reducción mundial del 1% de las emisiones de dióxido de carbono, pero se recuperaron al siguiente año y el crecimiento durante los dos años que siguieron a la crisis fue excepcionalmente alto debido a los estímulos económicos que se aprobaron para hacer crecer la producción y la demanda. Por lo tanto, una conclusión clara desde el punto de vista de la lucha contra el cambio climático debería ser el aprovechar esta crisis para no reactivar la economía como la teníamos hasta ahora. No debería sobreestimarse el efecto de la epidemia en la reducción de las emisiones mundiales, ni permitir ahora que la crisis del coronavirus se utilice de excusa para retrasar las políticas de transición ecológica.

Convendría recordar que durante la gran crisis económica de 2008-2012 se frenaron las inversiones en energías renovables, claves para desenganchar a la economía mundial de los combustibles fósiles. Aunque hay que decir que la situación es distinta una década después y las políticas de reducción de las emisiones tienen más sentido económico en muchos sectores ahora que en 2008. Ahora los costes son más competitivos en el sector de las energías renovables que en el sector de los combustibles fósiles.

Pero volviendo al planteamiento que hacía anteriormente de que las crisis del coronavirus y la climática comparten unas cuantas similitudes, considero que se pueden llegar a compartir también posibles soluciones.

Nos hemos dado cuenta estos días de que la sanidad pública es fundamental para sentirnos seguros y seguras y saber que encontramos soluciones para todas las personas en un sistema bien dotado, firme y capaz de actuar en momentos de alarma.

Frente a la emergencia climática, nuestra seguridad pasa por tener la certeza de que podemos adaptar nuestras formas de vida a sus impactos, que llegan en pérdida de medios de vida, desastres (inundaciones, lluvias torrenciales, etcétera), deterioro de la salud, cosechas €.

La seguridad humana debe estar garantizada en modelos de progreso y convivencia que respeten los límites planetarios. No hay seguridad posible en un mundo que se siga calentando más allá de 1,5ºC.

No parece pues que, en el ámbito global, la crisis climática y la pandemia actual sean tan distintas entre sí. Sin embargo, mientras la respuesta al coronavirus está siendo contundente, con medidas drásticas que afectan a toda la sociedad, la respuesta a la crisis climática, aunque también es urgente, se sigue postergando o condicionando a intereses económicos o políticos cortoplacistas.

Para evitar un cambio climático de graves consecuencias, se necesita actuar con decisión y urgencia, antes de que sea tarde. La buena noticia es que las medidas que se necesitan contra el cambio climático no deberían levantarse sobre medidas de contención y defensivas, sino sobre medidas de precaución y cambio, contribuyendo a la construcción de una sociedad mejor, más equitativa y en armonía con la naturaleza.

Finalmente, nunca como ahora debemos ser conscientes de la importancia del conocimiento científico, el mejor disponible, para poder tomar las mejores decisiones.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente