Paz positiva

01.07.2020 | 01:50

dejar una grieta, una sola grieta, en la deslegitimación de la violencia es peligroso porque quienes vienen detrás, otra generación, por ejemplo, puede que no sean conscientes del daño infligido por ETA. La memoria de lo sucedido, lo decimos para el 36 y vale también para este caso, tiene que ser renovada constantemente, porque las enseñanzas ante el tiro en la nuca o el odio no permanecen en el tiempo de forma natural, hay que transmitirlas a otros y en otras épocas constantemente.

La tensión ante el deber de memoria es, por eso, una actitud obligada si queremos que algunas ideas que se ubican en lo prepolítico enraícen en la sociedad. Una convivencia fuerte, que sea capaz de romper la cadena del odio, es uno de los retos fundamentales tras silenciar las armas.

Por eso parar de matar no es suficiente para la paz, aunque sin duda fue lo más urgente, porque tras el eco de los disparos el desierto moral que queda, calcinado y pobre, tarda años en repararse. Después de matar la tarea de la memoria es tan exigente que matizar, justificar o ensalzar aquella barbaridad que hizo ETA supone un riesgo cierto para cerrar definitivamente y para siempre esas heridas.

Promocionar la paz positiva implica romper la tentación del odio, de la amenaza, de las pintadas en domicilios, y eso es responsabilidad especialmente de quienes ejercieron en el pasado esas prácticas. Por eso, la ambigüedad en las mociones de condena y la retórica abstracta usada por la izquierda abertzale dejan unos hilos sueltos que se vuelven contra la sociedad y, como se ve, contra ellos mismos.

Idealizar la violencia, seguir tratando la historia de ETA como producto de una generosa entrega o dar por válida sin matices la teoría de la "guerra justa" durante el franquismo, no ayuda a romper con la idea de que matar al que piensa diferente pudo tener alguna razón. Necesitamos paz y mentalidades para la paz. No ser contundentes cuando se ataca el domicilio de Idoia Mendia, dirigente del PSE, transmite mensajes confusos a la gente que no vivió aquella ruina que supuso que miles de personas tuvieran que vivir con escolta.

Como es obvio, nuestra garantía de no repetición se ubica fundamentalmente en el campo de las ideas. Atajar los razonamientos y el andamiaje conceptual y emocional que hicieron posible tanta violencia es una asignatura pendiente. Siendo cierto que en los espacios oficiales de los presos de ETA y de la izquierda abertzale la reivindicación de la amnistía ha sido relegada a un lugar secundario, no es soportable que esa causa haya vuelto a tener presencia pública, porque pedir amnistía es tanto como creer en la impunidad ante delitos tan extremos como el asesinato.

El trabajo de la memoria y el desarrollo de actitudes democráticas y tolerantes están unidos por un hilo directo. Por eso hay que tener claro que no hacen falta sutilezas terminológicas para acercarse de forma sincera y contundente a quien ha sido agredido. Ello ayudaría a romper de forma nítida, entre otras cosas, la seducción ante el grito y la amenaza que está reviviendo una parte de la izquierda abertzale, porque luchar para que las cárceles dejen de ser lugares de excepción a la norma es incompatible con un estilo autoritario basado en pintadas y amenazas en sedes de partidos políticos o medios de comunicación.

Tejer con los hilos de la memoria implica, asimismo, no caer en la autosatisfacción que nos hace creer que la paz está afianzada. Para seguir avanzando en un difícil camino, se hace imprescindible no perderse en los lugares oscuros de la memoria selectiva que sigue tratando como a gudaris a quienes decidieron arruinarnos-arruinarse a golpe de tiros.

Mirarse al espejo, y descubrirnos en nuestros silencios, supone un momento de cierta catarsis; la gran mayoría ya hicimos esa tarea, otros la afrontan protegiéndose en la idea de que "lo que los otros han hecho es peor" y los últimos, en fin, prefieren glorificar ese pasado y a quienes lo protagonizaron. En todo caso, poner el relato al servicio de una historia exculpatoria es una ruina para el futuro. Y afrontar el costo de la violencia no es aplazable, porque en el futuro siempre habrá un nieto o una nieta de una víctima de ETA, por ejemplo los de Tomás Caballero, que nos pregunte dónde estábamos y qué hacíamos mientras que una a una eran asesinadas hasta 840 personas.

En el caso alemán se utiliza el concepto de Mitläufer para describir a aquellas personas que con una acumulación de silencios y de pequeñas cobardías, sumadas unas a las otras, habían creado las condiciones necesarias para los peores crímenes, como lo recuerda Géraldine Schwarz en el libro Los amnésicos.

Fuimos muchos quienes miramos para otro lado mientras que cientos de personas eran amenazas y perseguidas y, tal vez, jugamos ese rol de Mitläufer. Pero también hemos tenido experiencias muy positivas de las que ahora podremos seguir aprendiendo. Tuvimos nuestros justos locales que salían, en minoría y acosados, a protestar en silencio ante cada atentado o secuestro en un gesto lleno de paz y valor. Y en otro plano, los hay también que habiendo estado en ETA construyeron una experiencia vital y política relevante a través de la llamada Vía Nanclares.

"A la hora de la violencia existe la obligación de la decencia" dice Marguerite Duras. Por eso no repitamos, otra vez, la rueda del silencio y la pereza para afrontar estos asuntos, porque por esas grietas que están todavía abiertas se está colando una sombra enorme que nos sigue recordando que tras callar las armas hay que seguir mirando a la huella de la violencia para sanarla.

El autor es miembro de Gogoan-Memoria Digna

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